ISSN: 2665-0398
Periodicidad: Semestral
Volumen: 4, Número: 10, Año: 2023 (julio-2023 al diciembre-2023)
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Tipo de Publicación: Historia Menuda
Recibido: 20/06/2023
Aceptado: 30/06/2023
Páginas: 221-274
Autor:
Jesús María Sánchez
Investigador histórico
Profesor, Locutor
Academia de la Historia del estado Miranda
Miranda Venezuela
Co-Autor:
Heyka Olivares
Lic. en Psicología (UCAB)
Lic. En Educación (UCV)
Postgrado Relaciones Industriales (UCAB)
Miranda Venezuela
https://orcid.org/0000-0003-3384-0113
Email: olivaresheyka@gmail.com
HISTORIA MENUDA. LEYENDAS DIVERSAS QUE ALBERGA EL GENTILÍCIO
VENEZOLANO
Resumen
No crean que se me ha olvidado compartir con todos uds estas historias llenas de cultura de la época que
recrean lugares y personajes variopinto con veracidad auténtica, a continuación, presento una serie de
documentos que llenan de curiosidad a la sociedad del conocimiento con la manifestación del pueblo
venezolano. En esta historia menuda llena de cuentos y leyendas urbanas y pueblerinas encontrarán
acontecimientos plagados de emoción que en su momento hicieron feliz a más de uno y que continúan
recreando al lector con la transformación de la cultura venezolana. Disfrútenlo como yo lo disfruté
Palabras Clave: Historia menuda, leyendas, gentilicio, tradiciones.
LITTLE STORY. VARIOUS LEGENDS HOUSED BY THE VENEZUELAN
GENTILÍCIO
Abstract
Do not think that I have forgotten to share with all of you these stories full of culture of the time that recreate
places and colorful characters with authentic veracity, then I present a series of documents that fill the
knowledge society with curiosity with the manifestation of the Venezuelan people. In this small story full
of stories and urban and small-town legends, you will find events full of emotion that at the time made more
than one happy and that continue to recreate the reader with the transformation of Venezuelan culture. Enjoy
it like I enjoyed it.
Keywords: Little story, legends, name, traditions.
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Introducción
“Vivimos el día de hoy, mañana no sabemos,
hoy es excelente” (Momentos de mi pueblo, 2023).
Mirando por el retrovisor avisoro historia y cultura
en el camino transitado donde he “investigado y
escrudiñado” para divulgar enseñanzas y
aprendizaje.
Estar con gente que ama y quiere el saber
cultural, me inspira a cultivar el deseo por el
conocimiento, investigación histórica y fenómenos
diversos que forman parte del patrimonio de
Venezuela.
Historia Menuda XXI
Caracas se extendió a través de haciendas
Hubo momentos cuando el fértil valle de
Caracas era empleado por los hacendados para la
siembra de café, caña de azúcar, cacao, naranjas,
piñas, duraznos, manzanos, moras, fresas, cerezas,
membrillos, maíz, mangos, mamones, granadas,
cotoperiz o cotoprices, como dicen algunos, peras
de agua, pomarrosas, guayabos, nísperos, caimitos,
semerucos, hicacos, higos, limones, lechosas,
toronjas, guanábanas, anón, riñón, guayabita del
Perú, aguacate, parcha granadina, entre otras frutas.
Por cierto, el maestro Aldemaro Romero escribió un
extraordinario ensayo acerca de los aspectos
musicales del centro del país y de las frutas que se
cosechaban en Caracas, señalando de paso las
composiciones musicales que le dedicaban a
muchas de ellas.
Ese trabajo lo redactó este recordado maestro
con motivo del cuatricentenario de la ciudad. Se nos
escapa decirles, de acuerdo a lo recogido en viejas
páginas redactadas por historiadores y cronistas, que
en Chacao, al lado de los excelentes mangos,
también se llegó a cosechar un arroz, sin gusanitos,
de muy buena calidad. En la capital de la república
abundaban las matas de guayabos, una de las frutas
preferidas de Simón Bolívar, tal como lo señala
Gabriel García Márquez en su novela El General en
su Laberinto, fruta que le colocaba su mayordomo
Juan José Palacios en sitios estratégicos. En los
terrenos que ocupó la otrora bien diseñada y cuidada
urbanización El Conde, propiedad del Conde de San
Xavier, inició el inmigrante canario Juan de Ponte
o Aponte, la siembra de árboles frutales trasladados
directamente desde España.
Cuando recordábamos el trabajo del maestro
Aldemaro Romero, nos viene a la memoria algunas
de las piezas que él recogió como homenaje a
nuestras frutas, entre ellas, posiblemente se
encuentre, dado que no tenemos el escrito en
nuestras manos, y lo hacemos de acuerdo a lo que
nos dicta nuestra memoria de lo leído hace años, una
dedicada al mango, que dice así: El manguito de
hilacha/ el manguito e´ bocao/ me lo como con
concha/ me lo como pelao/”. Para la guayaba, sin
bichitos que se mueven en su interior, tenemos lo
de: Una guayaba madura/ le dijo a la que era verde
/el que nace en tierra ajena/ hasta la semilla pierde/”.
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Para esa olorosa fruta también tenemos
aquello de: Por andar agachadito/ mira lo que me
encontré/ una guayaba madura/ picada de
cristofué/”. A la simpar naranja el creador popular
le compuso aquello de: Naranja china, limón
francés/ no quiero nada con holandés. Naranja
china, limón pintón/ jarrete sucio, justán zancón/”.
Para la pequeña guayabita del Perú, tenemos aquello
de: En el patio de mi casa/ hay guayabitas del Perú/
que cuando voy a comérmelas, que cuando voy a
comérmelas/ me hace el estómago turututú/.
Todas esas exquisitas frutas ya nombradas, la
familia caraqueña las saboreaban al ser cosechadas
en los dominios de haciendas, hoy modernas
urbanizaciones, como San Felipe, La Floresta,
Blandín, Sans Soucí, Duarte, La Carlota, Los
Ruices, La Trinidad, La Urbina, Ibarra, sede de la
ciudad universitaria, La Yerbera, El Paraíso, La Paz,
Loira, La Vega, Montalbán, Vista Alegre, Casalta.
No olvidar que en los fundos, sembrados de café,
situados en los dominios de Chacao, que poseían los
reverendos Mohedano y Sojo y Blandín, se
plantaron las primeras matas de café en el valle de
Caracas y en la casona de uno de ellos, con buena
música, se tomó, lo que el historiador Arístides
Rojas describe en una de sus crónicas, como la
primera taza de café que saborearon los caraqueños.
Los músicos que se trasladaron hasta el lugar donde
se sirvió y saboreó el primer el café tinto, formaban
parte de los que se cubrieron bajo la sombra
protectora del Padre Sojo, sistematizador, al lado de
Juan Manuel Olivares, de las enseñanzas musicales
en la Caracas colonial.
Se hacen invisibles
Por los lados del estado Falcón, con su capital
Coro, ciudad patrimonial, con sus médanos,
cardones, tunas y manadas de chivos, al lado de su
excelente alfarería, se mueven, así nos lo informa el
cronista, historiador, escritor e investigador de
nuestras tradiciones y costumbres Luis Arturo
Domínguez, unos extraños personajes, conocidos
con el nombre de ceretones, quienes, después de
hacerse cerrar o tratar por un veterano brujo, se
transforman en profundos conocedores de los
secretos del más allá y de más nunca, como diría un
viejo amigo de Barlovento, donde se consiguen los
que a través de ensalmos pueden hacer estallar una
guaratara.
A estos ceretones falconianos se les considera
como profundos conocedores de la oración de San
Cipriano, preparación de amuletos y de mo
utilizar los poderosos huesos de cegué. Para mayor
información, les diremos que el cegué es un pájaro
que se mueve en horas nocturnas y para ser
atrapado, dicen los veteranos en estos asuntos, se
debe emplear un latiguillo y enredarlo por la cabeza
y las patas. Se nos escapaba decirles que el latiguillo
en cuestión, debe ser preparado por un conocedor de
todas esas cosas que encierra el mundo mágico de
nuestro país. El ave en cuestión al ser atrapada, debe
enterrarse viva al pie de un árbol y luego sacar los
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huesos a los ocho días y, al tenerlo entre sus manos,
así se lo contaron a Luis Arturo Domínguez, el
ceretón debe colocarse frente a un espejo.
El complicado asunto no se queda allí, en
mirarse en el espejo, el cual no debe estar quebrado,
sino que debe llevarse a la boca los huesos del
cegué, apretarlos con los dientes incisivos, hasta
alcanzar que su imagen desaparezca del espejo, con
lo cual logra el control del mundo de los secretos, lo
que le permitirá pasar con toda tranquilidad, después
de la operación señalada, por el medio de una sala
llena de personas conocidas y no ser visto. Puede,
de acuerdo a las investigaciones cumplidas por Luis
Arturo Domínguez, entrar a una casa y hacer
diabluras, lanzar piedras a larga distancia y raptar a
las muchachas de las que se enamore.
Entrando a los dominios del cegué, se sabe
que es un pájaro insectívoro, de vida nocturna y
poseedor de un canto melancólico, de esos que
producen levantamiento de los pelos de quien lo
escucha. En algunas regiones de Venezuela al cegué
se le identifica con el aguaitacamino o tapacamino,
que al ser localizado por algún caminante en medio
de un sendero, debe santiguarse y decir la primera
oración que se acuerde, ello porque esta ave es signo
de mal agüero, de pava, de la conocida como macha,
de esa que no la tumba baños de cariaquito morado
combinado con otros potentes elementos como raíz
de mato, leche de tigra, de cochina y de culebra coral
viuda.
El pájaro cegué cuando ve que se acerca
alguien por un camino, sale brincando e impide que
éste siga su recorrido. Después de ver a un
tapacaminos a uno se les quitan las ganas de
saborear gofio, majarete, conserva de leche de
cabra, dulce de concha de patilla y de naranja,
conservas de coco, bizcochitos de almidón, huevos
chimbos, esas deliciosas granjerías para darle un
gustazo al paladar y menos salir a buscar hallacas
corianas, escabeche, arepas peladas, hervidos de
pescado y de chivo en diversas formas, que el
territorio falconiano gozan de una gran demanda por
parte de sus habitantes y visitantes.
Históricos ño caraqueños
Así como en Caracas tienen ganados sus
puestos en la historia de la ciudad Ña Telésfora y
Ña Romualda, cocineras veteranas en la preparación
de mondongos, los Ño, no se quedan rezagados,
figurando entre ellos Ño Perico, Ño Miguelacho, Ño
Pastor y Ño Morián, los que se proyectan al
colocarles sus populares nombres a esquinas de
Caracas, aspecto este de la ciudad estudiado con lujo
de detalles por Doña Carmen Clemente Travieso.
Comenzaremos con Ño Perico, esquina muy
cercana a la Iglesia Corazón de Jesús, la cual debe
su nombre a un pulpero por allí radicado que todo el
mundo conocía como Ño Perico. Siguiendo con este
curioso tema, nos tropezamos con Pastor Gutiérrez,
inmigrante canario, quien se dedicaba al cultivo de
hortalizas por los lados de la hacienda El Conde, a
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quien sus clientes y amigos llamaban cariñosamente
Ño Pastor, mientras que el comerciante Miguel
Rodríguez se convirtió en Ño Miguelacho, dueño de
una bien surtida pulpería en los espacios de la
parroquia Candelaria, muy popular entre niños y
adultos por las sabrosas ñapas que obsequiaba
después de cada compra. Se corrió el rumor que Ño
Miguelacho llegó a simpatizar, en los años de la
gesta independentista, con los realistas, cuestión
esta totalmente falsa.
Los cronistas de nuestra ciudad, entre ellos la
destacada periodista Carmen Clemente Travieso,
nos relatan en lo que a la acusación contra Ño
Miguelacho se trata, que cuando lo iban a sacar de
su residencia para llevarlo a prisión a nombre de la
república, la muchachada caraqueña se situó
alrededor de la pulpería, iniciando una
manifestación donde solo se escuchaba una
consigna que decía: ¡Queremos a Miguelacho!
¡Queremos a Miguelacho! ¡Queremos a
Miguelacho! Al ver aquel alboroto, a los
encargados de hacer preso al conocido pulpero, no
les quedó otro recurso que dejarlo quieto y que
siguiera atendiendo su negocio y repartiendo sus
bien nutridas ñapas, las que después de ese trago
amargo, se hicieron más abundantes. Miguel
Rodríguez, mejor conocido como Ño Miguelacho,
pasó, como los antes nombrados, a formar parte de
la historia de Caracas.
Cuando recordábamos a Ño Perico, nos
llegaron a la memoria aquello de… Yo no me
explico/ como el perico / teniendo un hueco debajo
del pico, pueda comer / no puede ser / cómo el
perico / teniendo un hueco debajo del pico, pueda
comer/ no puede ser/”.
También vino a memoria aquel señor que
en mercados o plazas comerciaba con lo que se
denominó el Periquito de la Suerte. El mencionado
señor cargaba una jaula con un periquito y dentro de
la jaula una especie de gavetero donde había
cualquier cantidad de tarjetas que supuestamente
adivinaban el futuro inmediato. Al cancelar, no
recuerdo cuánto, el periquito amaestrado, tomaba
una tarjeta con su piquito y casi que te la entregaba
en la mano para que leyeras lo que el destino te
tenía reservado para ese día. Una especie pues, de
sutil estafa. Inolvidable lo del periquete, que no es
otra cosa sino algo muy parecido a las regorgallas,
es decir, adornos de muy mal gusto. En el escenario
del periodismo humorístico, en los voceros
Caricaturas y Fantoches, el conocido caricaturista
Pako Betancourt, usó el seudónimo Perico a
Monrroy para firmar la sección Periqueandito.
De trilla de café a Palacio de Miraflores
En las documentadas ginas redactadas por
historiadores y cronistas dedicadas a divulgar la
historia de la ciudad de Caracas, entre ellos Enrique
Bernardo Núñez, Guillermo Meneses, Mario
Briceño Iragorry, Carlos Eduardo “Caremis” Misle,
Guillermo José Schael y Graciela Schael Martínez,
entre otros, encontramos datos acerca de la
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edificación de Miraflores, bautizado por Rómulo
Betancourt como cascarón crespero, ello porque
sería el caudillo Joaquín Crespo el encargado de
hacer la negociación para adquirir el terreno donde
se levantaría lo que todos conocemos hoy como
palacio de Miraflores y que él, Crespo, edificó para
vivir allí con su amada esposa misia Jacinta Parejo
de Crespo.
Se dice que para el general Joaquín Crespo,
quien gobernó a Venezuela en dos ocasiones, 1884
a 1886 y luego entre 1894 a 1898, recibiendo del
Congreso el título de héroe del deber cumplido, no
existió otro amor sino el de Misia Jacinta. El
ejercicio del poder le permitió a Joaquín Crespo
convertirse en uno de los hombres más rico del país
en el espacio que le tocó vivir durante el siglo XIX,
fortuna que supo administrar Misia Jacinta, hija de
la población de Parapara de Ortiz, villa donde nació
el 16 de agosto de 1845.
Con la ayuda de Graciela Schael Martínez,
periodista, cronista, historiadora, autora de valiosas
obras sobre la historia de Caracas, sabemos que
Miraflores se edificará en los terrenos que ocupaba
una conocida trilla de café, considerada para la
época como la mejor del país y donde se
descerezaba el café que llegaba desde las haciendas
situadas en la serranía de Galipán, amén de otros
lugares de Caracas, Petare y Los Teques. Nos
informa la autora ya citada, que en la trilla existían
corrales y caballerizas para alojar a las bestias que
hacían el transporte del aromático grano. También
existía espacio para una vaquera, atendida por
inmigrantes de las Islas Canarias, quienes todas las
mañanas y tardes, salían con sus nobles vacas por
las principales calles de la ciudad, a repartirles la
leche a sus clientes.
La ya indicada posesión de la trilla, nombrada
por Graciela Schael Martínez, tuvo varios
propietarios y fue comprada por Joaquín Crespo,
quien de soldado raso llegó a general y a regir los
destinos del país, por la cantidad de 37.000 bolívares
y, llegando a invertir en su edificación, eso se ha
dicho, más de ocho millones de bolívares. La
construcción se va a iniciar bajo la mirada del
ingeniero Conde Orsi de Montbello, mientras que
los planos fueron confeccionados en Barcelona,
España, réplica de la residencia de un acaudalado
español con quien hizo amistad el general Crespo.
La obra, dada las circunstancias políticas de la
época, el general Joaquín Crespo había sido lanzado
al exilio, fue paralizada. A su regreso los trabajos
que habían sido detenidos, continuaron, no ya bajo
la responsabilidad de Montbello, sino del arquitecto
Juan Bautista Sales, profesional que se rodeo de una
serie de obreros, tallistas, escultores, decoradores y
maestros de obra, todos catalanes.
El general, héroe del deber cumplido, Joaquín
Crespo, no llegó a vivir en su lujosa casona. La
muerte lo sorprendió cuando recibió un certero
balazo en el sitio conocido como Mata Carmelera,
estado Guárico, hacia donde se había dirigido a
combatir al también caudillo José Manuel “El
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Mocho” Hernández, alzado en armas por defender
el triunfo que había conquistado en elecciones,
imponiendo el gobierno a Ignacio Andrade. La
residencia que si habitó Crespo en Caracas, al lado
de su familia, fue Villa Santa Inés, desde donde
también despachaba como presidente de la nación.
Misia Jacinta, ya viuda, negoció esa hermosa
residencia, imitación de las villas de Europa, de
bellos y bien cuidados jardines, con los
administradores del Gran Ferrocarril de Venezuela,
instalando en ella sus oficinas.
El año de 1970, Villa Santa Inés fue declarada
monumento histórico de la nación. Misia Jacinta,
habitó Miraflores, sin la compañía de su esposo,
casona que alquilaría al general Cipriano Castro el
año de 1900 después del terremoto del mes de
octubre, por la cantidad de 2.000 bolívares
mensuales, cantidad que muchas veces no llegó a
cancelar el inquilino, viéndose Misia Jacinta, así se
lee en la obra Los días de Cipriano Castro, del
humanista Mariano Picón Salas, tener que acudir a
los tribunales para cobrarle 150 mil bolívares por
ocho años de arrendamiento del Palacio de
Miraflores, que según el libelo, no fueron
cancelados. Este reclamo lo hace la viuda de Crespo
cuando ya Cipriano Castro no está en el poder, había
sido derrocado, mediante un golpe frío por su
compadre Juan Vicente Gómez, quien se encargará
de controlar al país, especie de gran hacienda, desde
1908 hasta su muerte en Maracay el 17 de diciembre
de 1935. A Juan Vicente Gómez no le agradaba
Miraflores. Cuando tenía que ir a Caracas, se
quedaba en una casa situada cerca del palacio. En
1911 el gobierno nacional, presidido por el dictador
Juan Vicente Gómez, adquiere Miraflores,
pagándole al famoso gallero caraqueño Félix
Galvís, la suma de 500.000 bolívares.
El primer presidente que despachó desde
Miraflores fue Cipriano Castro, quien alquiló dicha
mansión a la viuda Misia Jacinta Parejo de Crespo,
después del susto que recibió cuando el terremoto de
octubre de 1900. Se empeñó con esa mansión
porque tenía conocimiento que la misma tenía una
habitación antisísmica. Recordemos que Cipriano
Castro saltó desde uno de los balcones de la Casa
Amarilla, para la época despacho presidencial y de
esa caída, se fracturó una pierna. El cronista
caraqueño, Carlos Eduardo Misle “Caremis”, con su
humor característico, decía que Cipriano Castro no
sufrió mayores daños porque cayó sobre uno de los
coches halado por caballos que estaba estacionado
debajo del balcón (JMS/HZO).
Historia Menuda XXII
La primera arma de Simón Bolívar
José Luis Salcedo Bastardo, historiador,
académico, escritor, diplomático, en uno de sus bien
documentados análisis sobre nuestro proceso
histórico y político, al hacer referencia a la
importancia que Simón Bolívar le dio a la opinión
pública, nos refiere lo siguiente: “No se equivocó el
Libertador considerando al periódico, como lo hizo
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siempre un excepcional vehículo para la educación
de las masas, suerte de tribuna portátil para la
difusión de las nuevas ideas… la imprenta fue
siempre la primera arma de Simón Bolívar. A la
prensa la consideró tan útil como los pertrechos”.
En otra arte de su investigación el historiador
arriba citado, plasma: “Bolívar actuó
personalmente más de una vez, como periodista;
escribió artículos y notas para la prensa. Hizo en
varias oportunidades muy sagaces y atinadas
recomendaciones para que los periódicos llenaran
mejor su cometido. Insistía sobre la forma y estilo
convenientes. La pasión para escribir para la prensa,
como revela el humanista Roberto Lovera De Sola,
no la abandonó nunca Simón Bolívar.
En el campo del periodismo la gran obra de
Simón Bolívar fue hacer realidad la aparición del
Correo del Orinoco, vocero creado para difundir las
ideas emancipadoras a lo largo y ancho del
continente americano y más allá de él. El primer
número de este histórico vehículo de comunicación,
el cual llegó a publicarse en castellano, inglés y
francés, con cinco ediciones extraordinarias, saldrá
a la luz pública el día sábado 27 de junio de 1818,
en la ciudad de Angostura, hoy Ciudad Bolívar, en
la casa No. 83 de la calle La Muralla, siendo sus
redactores principales Francisco Antonio Zea, Juan
Germán Roscio, Manuel Palacio Fajardo, José
Rafael Revenga, José Luis Ramos entre otras figuras
de la intelectualidad al servicio de la Gesta Magna.
Su editor fue el británico Andrés Roderick, quien
permaneció en Angostura desde 1817 hasta finales
del año 1821.
Allí se encontraban mentes luminosas
El 2 de marzo de 1811, encontrándose
presentes treinta (30) diputados, se instala el
Congreso Constituyente de Venezuela, iniciando
sus deliberaciones en la residencia del Conde de San
Javier, en la hoy esquina de El Conde, en la ciudad
de Caracas. El primer poder ejecutivo nombrado
por el Congreso Constituyente, estuvo formado por
tres (3) ilustres patricios, Cristóbal Mendoza, Juan
Escalona y Baltasar Padrón, los cuales acordaron
turnarse en el ejercicio de la presidencia cada
semana y, para suplir cualquier falta de los antes
nombrados, se seleccionaron a Manuel Moreno de
Mendoza, Mauricio Ayala y Andrés Narvarte. Con
relación a esta escogencia realizada por el Congreso
Constituyente para formar el poder ejecutivo, el
historiador José Gil Fortoul, señala que:
El carácter de las personas escogidas
para componer el ejecutivo demuestra la
preocupación del Congreso de darle al
gobierno un aspecto de austeridad y
prestigio moral, más propio de tiempos
pacíficos y de pueblos habituados al
régimen democrático, que no de aquella
época de incertidumbre y de aquella
colonia acostumbrada a obedecer al
capricho de gobernadores o atrabiliarios
o despóticos o nulos.
El acta de la independencia de Venezuela,
redactada, según decisión del Congreso
Constituyente en reunión del 5 de Julio de 1811,
cuando se declara la misma, por Juan Germán
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Roscio y Francisco Isnardi, fue aprobada en sesión
del 7 de julio del mismo año, donde firmaron, según
el historiador Arístides Rojas, cuarenta y dos (42) de
los cuarenta y cuatro (44) diputados que para la
fecha tenía el Constituyente.
Según el académico, historiador y escritor
Parra Pérez, en el Congreso Constituyente de 1811,
se encontraban los hombres más notables de
Venezuela y para demostrarlo no tendríamos más
sino nombrar a: Cristóbal Mendoza, jurista de
meritoria carrera; Martín Tovar Ponte, hombre de
ideas y de gran entereza; Fernando Peñalver,
enérgico y probo; Antonio Nicolás Briceño, alma
de jacobino, apasionado, hombre de motín y de
gobierno; Francisco Javier Ustariz, literato elegante
de viva inteligencia y cultura científica; Francisco
Javier Yanes, demócrata sincero lleno de teorías y
sistemas; Juan Germán Roscio, jurisconsulto y
canonista sabio y ponderado.
A esta lista, llena de nombres de hombres de
inteligencias bien formadas, el escritor Manuel
Vicente Magallanes señala otros nombres, como
Manuel Palacio Fajardo, literato, político y bil
diplomático; José Ángel de Álamo, médico,
revolucionario y perspicaz político; Francisco de
Miranda, abnegado revolucionario que se adelantó
a la historia política de nuestro país. Los reverendos
Manuel Ignacio Méndez, por Guasdualito, de
carácter violento y rencilloso y Manuel Vicente
Maya, por La Grita, serían, estos dos últimos, de
acuerdo al autor arriba nombrado, los únicos que se
opondrán a la declaración de independencia.
Asimismo en el seno del Congreso
Constituyente se encontrarán Francisco, Fernando y
Juan Rodríguez del Toro, representantes cultos del
mantuanismo caraqueño; Manuel Plácido Maneiro,
quien suscribe la independencia a nombre de
Margarita Palacio, el mismo que dirá: “Venezuela
se basta asimismo, Venezuela triunfará de cuantos
se opongan a su felicidad”.
Alma llanera se popularizó como segundo himno
La letra del Alma Llanera es del escritor
aragüeño Rafael Bolívar Coronado, hijo de Villa de
Cura, lugar donde nació el 6 de junio de 1884 y va a
morir en un hospital de Barcelona, España, el 31 de
enero de 1924. Durante su existencia Bolívar
Coronado se desempeñó como soldado, oficinista,
maestro, marinero, peón de hatos, periodista y
escritor. Sus biógrafos nos dicen que durante su
jornada como escritor empleó más de cien
seudónimos, utilizados para firmar sus obras.
Algunos investigadores señalan que la cantidad de
seudónimos supera los seiscientos (600).
Fue colaborador de publicaciones como El
Nuevo Diario, El Cojo Ilustrado, El Universal, El
Tiempo, y El Luchador, de Ciudad Bolívar, y,
encontrándose en España, colaboró en periódicos y
revistas, entre ellos el diario El Diluvio de
Barcelona y la revista Cervantes de Madrid,
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llegando a escribir, como lo revela Vinicio Romero
Martínez, en Qué Celebramos Hoy, hasta quince
(15) artículos diarios, destinados en su mayoría a
combatir la dictadura de Juan Vicente Gómez. Su
más conocida obra, Alma Llanera fue estrenada
como zarzuela en un cuadro el 19 de septiembre de
1914, en el teatro Caracas, por la compañía española
de Matilde Rueda, donde participaron los
humoristas caraqueños Jesús Izquierdo y Rafael
Guinand. El Teatro Caracas fue inaugurado en 1854
y estuvo situado entre las esquinas de Veroes a
Ibarra, siendo destruido por un incendio en 1919.
Con relación al estreno de tan popular pieza
musical, Carlos Eduardo Misle “Caremis”, en su
estudio Alma Llanera Himno Popular de Venezuela,
señala:
El joropo Alma Llanera, raíz substancial
y fruto perdurable de la zarzuela de ese
nombre, sacudió a Venezuela desde el
momento mismo de su estreno, cuando
se abrió como una inmensa,
indescriptible flor musical en el
escenario del teatro Caracas… Desde
entonces, rotundo, hermoso, tan
vibrante, el más conocido de los
joropos, comenzó a encumbrarse como
indiscutible símbolo musical del país,
hasta llegar a su popularidad sin
fronteras, a su universalidad tan
evidente como resonante.
La música de Alma Llanera es del maestro
Pedro Elías Gutiérrez, quien que vio la luz en el
puerto de La Guaira el 14 de marzo de 1870,
comenzando, siendo muy joven, sus estudios
musicales, convirtiéndose con el correr de los años
en un conocido y popular músico, tanto en Caracas
como en el resto del país. Es autor de famosos
valses, entre ellos Laura, Celajes, Emilia, Frase
Galante, Luna de Miel, Vico, Julián, Cadencias,
Caricias, Lazo de Amor y Geranio. Dejó también
algunos pasodobles, muy oídos en su época, entre
ellos Nuevo Circo, Tito, Marisela, Amador, Gualda
y Rojo. Asimismo el maestro Pedro Elías Gutiérrez
se paseó por los espacios del tango, siendo muy
conocidos Ondas del Chama, Laura y Antonieta.
Este ilustre músico llegó a dominar, como lo refiere
el musicólogo Daniel Bendahan en Siete Músicos
Venezolanos, la zarzuela, misas, himnos, marchas,
joropos, piezas bailables. Se desempeñó como
director de la Banda Marcial de Caracas por espacio
de cuarenta (40) años, ofreciendo conciertos en la
plaza Bolívar, los cuales finalizaban refiere
Caremis, desde 1914, con el joropo Alma Llanera,
en la hermosa plaza dedicada al Libertador, obra
realizada por la administración de Antonio Guzmán
Blanco. Este afamado compositor, quien desde
1903 hasta 1946 estuvo al frente de la ya nombrada
Banda Marcial, va a fallecer en el balneario Macuto
el 31 de mayo de 1954.
Famosos repartidores
Me arrulló la viva diana
De la brisa en el palmar
Y por eso tengo el alma
Como el alma primorosa
Del cristal, del cristal.
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Destacados cronistas, historiadores y
ensayistas, en sus amenos escritos, muchos de ellos
salpicados de humorismo, nos retratan de cuerpo
entero a conocidos trabajadores que se encargaban
de repartir la ropa lavada y planchada, de distribuir
leche y pan, entre otros recordados personajes de
una Caracas que, desde hace años se desdibujó,
como los parihueleros, los que transportaban agua
en barriles sobre nobles asnos y los que repartían
carbón y leña. En esta nota nos iremos hacia los
dominios de los que lavaban ropa, los lecheros y
panaderos. La ropa limpia la entregaban los chinos,
quienes montaron las primeras lavanderías en
Caracas. Escribe Graciela Schael Martínez en
Anécdotas y Leyendas de la Vieja Caracas, que los
primeros chinos que llegan a Caracas lo hacen el año
de 1892, cuando la presidencia de Venezuela la
desempeñaba el caudillo Joaquín Crespo, el hombre
del deber cumplido, título que le otorgo el congreso
guzmancista. El primer chino en llegar a la capital
lo hizo directamente desde la isla de Cuba, donde,
según notas revisadas por quien escribe, se había
nacionalizado, tomando el nombre de José Peña,
quien inicia sus labores en una tabaquería que había
instalado entre las esquinas de Torres a Madrices,
invitando, después de algún tiempo, a otros chinos,
con los que montó una lavandería, la primera
lavandería atendidas por chinos conocida por los
caraqueños, situada entre Angelitos y Quebrado. En
ese establecimiento, así como los que luego fueron
apareciendo, los mismos chinos, quienes trabajaban
hasta el día viernes de cada semana, recolectando la
ropa, lavándola ese día, entregándosela a sus
clientes los sábados y domingos.
Estos esforzados trabajadores asiáticos, se
esmeraban en lavar camisas y cuellos de hombres,
por lo que cobraban la cantidad de real y cuartillo.
Eran ciudadanos sin vicios, ellos mismos
preparaban sus alimentos, de sanas costumbres y
muy laboriosos. Para la recolección y reparto de la
ropa, empleaban unas grandes cestas que llevaban
atadas a las espaldas y con unos sombreros metidos
hasta los ojos. Por cierto, cuando algún cliente les
rogaba que le dejara la ropa fiada, que él le pagaría
la semana siguiente, el chinito, con su característica
manera de hablar el español omitiendo las erres, se
limitaba decirle: “Si no hay leal no hay lopa” y, sin
mirar hacia atrás seguía su camino.
Muy queridos y respetados en toda Caracas,
fueron los repartidores de pan, quienes en sus
barriles, colocados a cada lado de nobles mulas, con
el distintivo de la panadería para la cual trabajaban,
llevaban los panes que más les agradaban a la
familia que los adquirían, entre ellos el de piquito,
el francés, el isleño y las sabrosas tunjas. El
panadero iba de casa en casa, identificándose,
después de tocar, como: ¡El panadero, señora! El
famoso pan isleño, aderezado con anís, se horneaba
en la panadería Sarría, propiedad de doña Dominga
de Llanos, nativa de las Islas Canarias, de Santa
Cruz de Tenerife, emparentada con Eleuterio Dorta
Hernández, padre de este escribidor, ella, Dominga,
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cuando la visitábamos me obsequiaba panes recién
salidos del horno y algunos dulces, los cuales
degustaba con chocolate o café con leche en la
residencia de una hermana de mi padre, Dominga
Dorta de Ramírez, residenciada muy cerca de la
panificadora. Recuerdo también que el esposo de la
tía Dominga Dorta, Juan Ramírez, se desempeñó,
empujando un carrito, como repartidor de los
buscados panes isleños.
Les dejaremos una breve pincelada sobre el
distribuidor de pan, trazada por la historiadora
Graciela Schael Martínez en su libro, En el Vivir de
la Ciudad:
El panadero, cuya estampajinete en
bien o mal nutrido asno o mulaa veces
peatón, abrumado por el peso de repleta
cesta, se hizo familiar en la Caracas de
antaño, tuvo a su cargo abastecer no solo
a las casas de familia del vecindario,
sino también las entonces llamadas
bodegas o pulperías, las pensiones y
hoteles. Dos veces al día, casi al
amanecer, y por las tardes, hacía su
aparición, recorriendo la ciudad de
calles empedradas y polvorientas.
Anunciaba su presencia dando la voz de
¡Panadero, pan!, al mismo tiempo que
golpeaba la tapa metálica de los
ventrudos serones que lo contenían.
Hubo instantes en Caracas cuando el lechero,
salía con sus respectiva vaca por las calles de la
pequeña urbe, parando su noble animal al frente de
la casa donde solicitaban la leche, y allí mismo,
entonando alguna copla, con la cual homenajeaban
a la muchacha de llamado servicio de adentro, que
se acercaba, portando una bien cuidada escudilla,
para que el lechero ordeñara los litros
correspondientes. La vaca lechera pertenecía a
trabajadores canarios, que así les decían a los
inmigrantes que habían llegado desde las Islas
Canarias, en su mayoría trabajadores de las
haciendas situadas en los alrededores caraqueños.
Hacia la apartada zona de Sabana Grande,
donde en los días de Juan Vicente Gómez gozó de
fama el yerbatero y tocayo de nombre no de
profesión, Jesús María Negrín, se encontraban las
mejores vaqueras. El académico García de la
Concha, en sus Reminiscencias. Vida y Costumbres
de la Vieja Caracas, hace referencia también al
consumo de leche de cabra, así como los lugares
donde las criaban y ordeñaban, señalando también
que en los corrales de algunas residencias se
mantenían vacas lecheras. Con el correr del tiempo
estos trabajadores comenzaron a dejar las vacas en
sus pesebres y la leche la trasladaban en cántaros,
empleando para ello a mansas mulas, a las cuales le
colocaban los envases a cada lado de la enjalma.
Una estampa relacionada con los repartidores de pan
y de leche, cuando ya la leche era envasada, la
constituyó el robo que hacían los patinadores
madrugadores en fechas decembrinas en los
espacios de Los Caobos y la avenida La Paz, del pan
y la leche que los distribuidores dejaban en las
puertas de las casas (JMS/HZO).
Historia Menuda XXIII
No era un yerbatero cualquiera
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Muy conocidos son los yerbateros en la
mayoría de nuestros pueblos, caseríos, aldeas y
ciudades de nuestro país. Ellos, personas muy
respetadas en los lugares donde habitan, de acuerdo
a la tradición popular, conocen, eso se dice, las
propiedades curativas de plantas, raíces, tallos y
hojas, elementos que combinan con el dominio que
poseen sobre una serie de oraciones y ensalmos o
ensalmes, las cuales contribuyen, al lado de los
bebedizos por ellos elaborados, a la curación de
ciertos padecimientos. En ese amplio universo de las
plantas medicinales y sus efectos curativos se movió
Gerónimo Pompa, padre del poeta guatireño Elías
Calixto Pompa, redactando el tratado
Medicamentos Indígenas y sus Aplicaciones,
trabajo que ameritó una larga investigación sobre la
materia. Al lado del tratado ya señalado, Gerónimo
Pompa escribió poesía, teatro e hizo traducciones
del francés al español. Sin los méritos de Gerónimo
Pompa, se movió también en el terreno de las
hierbas, el brujo Leandro Crespo, padre del caudillo
y presidente Joaquín Crespo. Leandro Crespo,
mejor conocido en su época como Ño Leandro,
creador de la llamada tacamahaca o tacamajaca,
algo así como un preparado insuperable para
combatir cualquier malestar, así se decía, elaborado
con la resina del árbol conocido como tacamahaco.
Y si de yerbateros se trata, como el caso de Leandro
Crespo, conocido en años del siglo XIX , en los del
siglo XX se desenvolvió con gran éxito Jesús María
Negrín, establecido en la rural, tiempo pasado,
Sabana Grande, donde montó su consultorio,
visitado por muchas personas de Caracas y otros
puntos del país. Fue tal su popularidad que una
empresa autobusera destinó una unidad para
trasladar personas de Caracas hasta las puertas de la
residencia- consultorio del famoso curandero y
hasta una calle del sector La Forida de Caracas lleva
su nombre: Calle Negrín.
En la búsqueda de datos biográficos del
tocayo Jesús María Negrín, nos encontramos con el
libro Reminiscencias. Vida y Costumbres de la
Vieja Caracas, escrito por el historiador José García
de la Concha, donde nos dice que Jesús María
Negrín aprendió con un botánico alemán a curar las
enfermedades de los caraqueños. El futuro
yerbatero, así se refiere nuestro informante arriba
señalado, vivía, al lado de su madre y un hermano
de nombre Rufino, en un lugar conocido como La
Cañada, cerca de la hacienda Duarte, situada entre
Petare y Dos Caminos, propiedad del señor
Domingo Álvarez, donde los dos hermanos
ayudaban en las tareas de la recolección de tomates
y otros frutos. Cuenta García de la Concha que un
día, sin señalar mes y año, se hizo presente en la
posesión de Don Domingo Álvarez un profesor
alemán, especializado en botánica de un instituto de
Berlín, quien venía con la misión de localizar
plantas para sus estudios y traía consigo un
cargamento de sacos con vituallas e instrumentos.
Don Domingo le dio alojamiento en su hogar al
cansado viajero, el cual tenía como una de sus metas
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ascender al pico de Naiguatá, lo cual cumplió en
compañía de dos jóvenes, un hijo de Don Domingo
Álvarez y otro joven llamado Jesús María Negrín,
personaje de esta entrega.
En esa ascensión al pico Naiguatá, los
muchachos, al regresar a la finca, lo hicieron
emocionados por los conocimientos que habían
obtenido de las observaciones hechas por el hombre
de ciencia. Después de lo del pico de Naiguatá,
Jesús María Negrín emprendería en compañía del
sabio alemán, un largo recorrido que lo llevó a los
dominios de los llanos, los Andes, el Orinoco, con
el objetivo de localizar plantas y sus propiedades,
cuestión ésta que era observado con mucho interés
por el joven Jesús María Negrín.
Su mentor moriría de fiebre amarilla en
Apure, así que Jesús María Negrín pierde a su
maestro, a su protector , a su gran amigo, no
quedándole otra salida que regresar a Caracas, lo
cual hizo cargado de conocimientos sobre plantas
medicinales, conocimientos éstos que aplicó para
tratar padecimientos de muchas personas, entre ellas
a Juancho Gómez, hermano del dictador, quien
fuera presidente del estado Miranda, por
recomendación que le hiciera el Dr. Márquez
Bustillo, encargado de la Presidencia de la
República.
En la obra ya citada de José García de la
Concha, se señala que Jesús María Negrín viajó por
África, Asia y Australia, donde profundien los
secretos de la botánica. Fueron tantos los
conocimientos adquiridos por Jesús María Negrín,
que en una oportunidad después de ser examinado
por un calificado jurado, se le otorga el título de
Herborista - Parasitólogo. Otra versión de este
hecho nos dice que por presiones que hiciera el
dictador Juan Vicente Gómez al rector de la
universidad Albert Smith, a Jesús María Negrín se
le otorgó, no el título de doctor, sino el diploma de
Yerbatero - Parasitólogo, bajo la mirada atónita y el
asombro de los dos representantes de la medicina
mas espigados y esclarecidos en el país para la
época, como lo eran los doctores Luis Razetti y José
Gregorio Hernández, según lo señala Manuel
Tallaferro al revisar las ediciones del Vicerrectorado
Académico de nuestra principal casa de estudios
superiores, e indicando además que, ese ha sido el
único diploma de dicha especialidad otorgado por la
universidad, el cual consta en el libro de acta. Toda
esta deferencia con Jesús María Negrín se debió,
relata Tallaferro, por haber preparado el conocido
yerbatero un “menjurje” que curó de malestares a
un familiar del tirano.
Eduardo Blanco modeló para Michelena
Ejerciendo la presidencia de Venezuela el
caudillo y general Joaquín Crespo en 1896 se
organizan en Caracas una serie de eventos con
motivo de los ochebta (80) años del fallecimiento de
Francisco de Miranda, encontrándose, entre lo
programado, señalados por José Luis Guevara, tanto
en suplemento publicado por la Galería de Arte
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Nacional, en instituciones como el Ateneo, en las
Academias de la Lengua y de la Historia, en el Liceo
Pedagógico como en la universidad, la Apertura de
Concurso Agro-lndustrial, Traslado al Panteón
Nacional de los próceres Montilla, Blanco y
Peñalver e Inauguración de cenotafio de Miranda,
conciertos en la Plazas Bolívar y Washington y una
Exposición Antológica que reunió a figuras de las
artes plásticas de las dimensiones de Martín Tovar y
Tovar, Antonio Herrera Toro, Arturo Michelena,
Emilio Mauri.
Para esa exposición Arturo Michelena exhibe
su cuadro Miranda en La Carraca, pintado
especialmente para esa ocasión y teniendo como
modelo, al historiador Eduardo Blanco, autor del
libro Venezuela Heroica, quien posó
disciplinadamente. Los críticos de arte señalan que
Arturo Michelena retrató al héroe pensativo,
mientras reflexionaba en medio de su reclusión. En
la nota ya citada, redactada por José Luis Guevara
nos informa que la obra de Michelena, tuvo que ser
exhibida en la Casa Amarilla y, dada la cantidad de
personas que se acercaron a contemplarla hubo que
extender una semana más su exhibición.
Eduardo Blanco, quien posa para Arturo
Michelena, como ya hemos señalado, representando
con su porte a Francisco de Miranda en el
monumental cuadro Miranda en la Carraca, también
lo hace para Antonio Herrera Toro, otro gran artista
plástico, quien plasma la figura del escritor y
académico en un estupendo óleo. Los biógrafos de
Eduardo Blanco señalan que él cumplió una dilatada
labor como historiador, novelista, dramaturgo,
político, militar, académico. Nació en Caracas el 25
de diciembre de 1838. Realiza sus estudios en el
prestigioso colegio El Salvador del Mundo, fundado
y dirigido por el polémico escritor Juan Vicente
González. Se desempeñó, en el campo militar, como
edecán del general José Antonio Páez. Su labor
como escritor, al lado de su conocida obra
Venezuela Heroica, prologada en la edición de 1881
por el prócer cubano José Martí, está representada
en otros trabajos como Cuentos fantásticos, Una
Noche en Ferrara o La Penitencia de los Teatinos,
Zárate, Fauvette, Cuentos Fantásticos, José Félix
Ribas, Las Noches del Panteón, Tradiciones Épicas
y Cuentos Viejos. Eduardo Blanco colaboró en
medios impresos como La Tertulia, Entrega
Literaria, La Causa Nacional, El Cojo Ilustrado. Fue
miembro fundador de las Academias Nacionales de
la Historia y de la Lengua y se desempeñó como
Ministro de Relaciones Exteriores e Instrucción
Pública.
Desempeñando el cargo en el Ministerio de
Instrucción Pública, siendo presidente Cipriano
Castro, firmó el decreto de cierre de las
Universidades del Zulia y de Carabobo y de
actividades en el Colegio Nacional de Guayana,
medida considerada como el gran lunar del
conocido intelectual y hombre público.
Tango con hervido de gallina
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Las crónicas publicadas en periódicos y
revistas de la época, así como la nota redactada por
el cronista de La Guaira Luis Enrique González F y
plasmada en su libro La Guayra. Dos siglos de
Historia, nos informan que Carlos Gardel, cargado
de éxitos, llegó a La Guaira en el vapor Lara, el día
25 de abril de 1935, siendo recibido por una
extraordinaria multitud, abriéndose paso entre ella
en compañía de Jesús Corao y Plácido Pisarello
hasta alcanzar la sede del gran café La Estación,
considerado en La Guaira como uno de los lugares
de prestancia y donde los usuarios del tren inglés
encontraban excelentes platos y bebidas de primera.
De este lujoso establecimiento, Carlos Gardel
se dirigió al cómodo hotel Miramar, donde almorzó
con sus acompañantes y los miembros de la empresa
que lo había contratado. La comitiva que
acompañaba al cantante, estaba formada por los
guitarristas José María Aguilar, Domingo Riverol y
Guillermo Barbieri y el compositor Alfredo
Lepera. Del hotel Miramar Carlos Gardel se dirigió
a las oficinas del Cable Francés, desde donde envió
algunas comunicaciones, marchando luego a la
cervecería Maiquetía, donde le ofrecieron un regio
agasajo, de aquí marchó, en unión de sus
acompañantes a la estación del ferrocarril inglés,
desde donde se dirigió rumbo a Caracas. Para
trasladar a Gardel hacia los lugares visitados en el
Litoral Central, se contrataron los servicios del
taxista Segundo Sicerini, a quien le abonaron la
extraordinaria suma de setenta y cinco bolívares y
las felicitaciones correspondiente de Carlos Gardel.
Al recordar la entrada de Carlos Gardel al
lujoso hotel Miramar, convertido en nuestros días en
nido de murciélagos, nos viene a la memoria lo que
escribiera el cronista Armador Clark sobre tan
representativa construcción, levantada por la
administración de Juan Vicente Gómez, entre los
años de 1927 y 1928, a un costo de cinco millones
de bolívares. Allí los huéspedes, encontraban,
escribe nuestro informante, confortables y refinados
sitios de descanso, piscina, cómodos salones,
biblioteca, excelentes platos y bebidas, espacios
para las prácticas deportivas. Por cierto, una de las
actuaciones de Carlos Gardel, encontrándose en
Venezuela, se efectuó en el teatro Lamas de La
Guaira.
Al llegar a Caracas y descender del tren en la
estación de Caño Amarillo, una enorme
manifestación impidió que tomara el coche
destinado para trasladarlo hasta el hotel Majestic,
propiedad de Don Eloy Pérez, lo cual tuvo que
hacer caminando al lado de sus admiradores. En el
hotel Mayestic - derribado por una inmensa bola de
hierro, para darle paso a lo que en nuestros días se
conoce como el Centro Simón Bolívar, quitándole
también terreno al histórico Teatro Municipal,
bautizado al ser concluida su edificación con el
nombre de Antonio Guzmán Blanco, señala el
historiador Luis Enrique González F. en su obra
antes citada - le tenían reservada una habitación al
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cantante, cuya ventana daba hacia la plaza San
Pablo. La multitud en la calle, dice el cronista,
rodeaba el hotel y le ovacionaba, teniendo que salir
Gardel a saludar a la muchedumbre… Las
actuaciones de Carlos Gardel en Caracas, en el
teatro Principal, constituyeron todo un éxito, siendo
ovacionado, al dejar el teatro, recuerda Luis Enrique
González, por más de quince mil personas.
De Caracas Carlos Gardel viaja a Maracay,
hospedándose en el hotel Jardín, donde cumple una
actuación con la asistencia del dictador Juan Vicente
Gómez e invitados especiales, interpretando las
composiciones El rosal, Criollita de mis Ensueños,
Mi Buenos Aires Querido, Caminito, Tomo y
Obligo, Cuesta Abajo, Pobre Gallo Bataraz. En el
trabajo del cronista de La Guaira, se revela que la
mano del tirano se extendió para entregarle al
Morocho del Abasto, la suma de diez mil bolívares.
Ya para cerrar les dejaremos un interesante
pasaje, rescatado por el poeta Pedro José Muñoz, en
su libro La Noria de los Días, el cual trata de una
invitación que le tendiera un humilde trabajador,
residenciado en una sencilla casa situada en Hornos
de Cal, a Carlos Gardel cuando éste se encontraba
en Caracas, para que se acercara hasta su vivienda.
El afamado artista aceptó la invitación y, un día
domingo en la mañana llegó a la casucha, como lo
dice el escritor Muñoz en una de sus crónicas
recogida en el libro ya nombrado, donde fue
atendido con la sencillez característica del obrero
venezolano, sirviéndole, de acuerdo a sus recursos,
un suculento hervido de gallina, un lomo de cochino
dorado, una sabrosa y fresca ensalada, pan fresco de
la panadería Solís y las bebidas correspondientes.
Después de todas estas atenciones, recuerda el
ensayista Pedro José Muñoz, que al finalizar el
modesto banquete, Carlos Gardel interpretó,
agradeciendo el gesto del anónimo caraqueño,
algunos tangos. También se cuenta que
encontrándose en Maracay, en el hotel Jardín,
Gardel bailó con una de las hijas de Juan Vicente
Gómez. Y digo yo, a lo mejor les tocó bailar….
Desde que se fue/ nunca más volvió / Caminito
amigo / yo también me voy” (JMS/HZO).
Historia Menuda XXIV
Los pasajes caraqueños
Nuestros cronistas, entre ellos Guillermo José
Schael, Carlos Eduardo Misle “Caremis, Aquiles
Nazoa, Graciela Schael Martínez, Enrique Bernardo
Núñez, Guillermo Meneses, Carmen Clemente
Travieso, Alfredo Cortina, así como ensayistas y
periodistas que han redactado notas sobre nuestra
histórica ciudad capital, le han dedicado bien
aliñadas páginas a edificaciones que han ido
desapareciendo, como son por ejemplo los templos
de San Felipe Neri y el de San Pablo, las residencias
donde nacieron Francisco de Miranda y Andrés
Bello, las mansiones de los condes de Tovar y de
San Javier, la casa de Don Felipe de Llagunos, la
sede del colegio Chávez, entre otras interesantes
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construcciones, para darle paso a la arquitectura
moderna.
De aquella ciudad, la de techos rojos, esa
misma a la que le cantara Juan Antonio Pérez
Bonalde, esa ciudad de amplias y acogedoras
residencias, va quedando muy poco, casi nada, de
ese pasado histórico, la acción de las maquinarias se
llevaron añejas edificaciones que habían resistido
terremotos y acciones de guerras intestinas. Una
revisión a las obras escritas por los destacados
intelectuales, historiadores y ensayistas ya
nombrados nos recuerdan de cómo históricas
construcciones, que nos decían de un pasado
interesante, fueron derrumbadas por la acción de los
tractores y las bolas de hierro, para darle paso a
avenidas y rascacielos que servirían de sede de las
muy cómodas oficinas públicas y privadas.
Muy pocas personas recuerdan los llamados
pasajes, situados en lugares estratégicos de la urbe,
muchos de ellos desaparecidos, pero que
constituyeron parte importante del desarrollo
económico y cultural de la ciudad. Quien escribe
llegó a recorrer, en la década de los años cincuenta,
en compañía de su progenitor Eleuterio Dorta
Hernández, los dominios del histórico pasaje
Linares, donde los que lo recorrían podían visitar
pequeños locales comerciales, entre ellos uno
donde funcionaban imprentas y ventas de plantas
medicinales. El pasaje Linares era visitado por
muchos compradores, entre ellos los que se dirigían
al mercado San Jacinto y hacia su famosa playa,
espacio donde no faltaban las flores de Galipán, las
carretas, burros, como se puede apreciar en
fotografías de la época. Mi progenitor visitaba con
cierta frecuencia, cuando viaja a Caracas, los
dominios del pasaje Linares en la búsqueda de
sombreros, camisas y zapatos, que allí se
conseguían en una tienda especializada. Al finalizar
el recorrido, nos dirigíamos al popular restaurante
La Atarraya, donde degustábamos los platos allí
preparados y saboreábamos unos deliciosos
refrescos a base de frutas naturales. Desde aquellos
años cincuenta, cuando acompañaba a mi padre y
luego ya residenciado en Caracas en el hogar de una
tía paterna por los lados de Sarría y luego en La
Cañada de la Iglesia, no dejé de pasar, después de
salir del salón de lectura de la Biblioteca Nacional y
de la Academia de la Historia, por el Pasaje Linares,
obra del empresario Juan Esteban Linares, en la
búsqueda de los espacios de San Jacinto, Traposos,
la Plaza Bolívar y los cines Rialto y El Principal.
Se me escapaba decirles que mi padre no
dejaba, después que salía de sus entrevistas
bancarias con Don Enrique Pérez Dupuy, dueño del
Banco Venezolano de Crédito y con Don Vicente
Lecuna, del Banco de Venezuela, de visitar la tienda
de la familia Tudela, céntricamente situada, donde
él conversaba con el dueño y adquiría algunas cosas.
Otro grato pasaje, situado en el corazón de la
ciudad, es el pasaje Capitolio, con sus bien
atendidos comercios, donde no faltaban una hilera
de máquinas de escribir, usadas por unos señores
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expertos en la redacción y copia de documentos.
Muy cerca de allí se encontraba el pasaje La Bolsa,
en la esquina del mismo nombre, con su farmacia,
sus pequeños establecimientos comerciales y el bien
atendido bar y restaurante Manhattan. Todo un
acontecimiento constituyó, durante mi larga estadía
en Caracas, usar las escaleras mecánicas, las
primeras instaladas en la ciudad, del moderno pasaje
Zingg. Fue la primera escalera mecánica que, no
solamente vi sino que utilicé, muchacho al fin, como
una diversión, dejándome un grato e imperecedero
recuerdo imposible de borrar. Cerca de allí, mis
recorridos por los dominios de la plaza aérea Diego
Ibarra.
No tuve oportunidad de conocer otros pasajes
caraqueños, como los nombrados por el ensayista
Pedro Hernández Camacho, en trabajo publicado en
la revista Línea de la Electricidad de Caracas,
correspondiente al mes de enero de 1979, con
excelente fotografía de Jaime Albánez entre ellos el
pasaje Ramella, obra de Lucas Ramella, situado en
la esquina de Las Gradillas, el Junín, frente al
célebre hotel Majestic, el Páez, construido en el
edificio del mismo nombre, entre las esquinas de
Madrices y Marrón y los existentes en la
urbanización San Agustín del Sur.
Viajando en tren
El historiador Luis Cordero Velásquez en una
de sus obras, La Venezuela del Viejo Ferrocarril, al
recordar el significado del ferrocarril de Carenero,
nos informa que el mismo tuvo a lo largo de su
recorrido setenta y dos puentes en un trayecto de
cincuenta y cuatro kilómetros, llegando a enlazar a
casi todo Barlovento desde el puerto de Carenero
hasta el pueblo de El Guapo. Los primeros tramos
de esta importante vía férrea fueron inaugurados el
25 de diciembre de 1885. El contrato fue suscrito en
principio entre el estado venezolano y el señor Puig
Ross, quien luego lo pasará a otras manos, como la
Compañía Fluvial y Marítima Barlovento, así como
a otras empresas y, por último, a la familia Crasus.
Siguiendo con nuestro informante, al lado de
otros datos localizados en la Revista Técnica del
Ministerio de Obras Públicas, en lo que a trenes se
refiere, se sabe que el tren de Petare era una
prolongación del tendido existente en Caracas,
construido hasta Sabana Grande en 1862,
extendiéndose hasta Petare a partir de 1886, con su
bella estación de Santa Rosa, donde los usuarios,
después de regresar de Petare, tomaban el tranvía
con destino a Caracas. Por cierto, Petare siendo
capital del estado Miranda, fue centro de inspiración
donde el músico Ángel María Landaeta compuso y
estrenó su valse Adiós, a Ocumare, con el cual se
despedía de Petare al ser trasladada la capital a
Ocumare del Tuy. Será en esta ciudad tuyera,
convertida en capital, donde el poeta Jacinto Añez
escribe su famosa composición homenaje a
Francisco de Miranda, convertida en Himno del
Estado, con música del maestro Jermán Ubaldo
Lira. Cuando corría el o de 1888, Petare se une a
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través de la línea férrea con El Encantado, lugar
donde el ingeniero Ricardo Zuloaga, utilizando
caída de agua del río Guaire, instaló una planta de
energía eléctrica y, ya para 1890, los rieles iban de
El Encantado hasta La Lira. Esta línea ferrocarrilera,
señala Cordero Velásquez, al salir de Caracas
cumplía con el siguiente recorrido, Sabana Grande,
Chacao, La Urbina, Petare, para en su trayecto tocar
La Lira, La Envidia, Los Mangos, Arenaza, Pichao,
Boca de Siquire, Santa Lucía, Santa Teresa y San
Francisco de Yare.
Dato por demás interesante divulgado en la
investigación de Cordero Velásquez, indica que en
las estaciones del ferrocarril tuyero funcionaban
surtidas pulperías y mesones, no faltando en los
andenes los vendedores de naranjas, aguacates,
piñas, lechosas, gallinas, que los viajeros adquirían
a su regreso a la capital de la república. Recuerda
Cordero Velásquez los suculentos almuerzos que se
servían en los dominios de la hacienda La Urbina.
El 01 de febrero de 1894, relata Cordero
Velásquez, al efectuarse el viaje inaugural del
ferrocarril Caracas - Valencia, saliendo de Caño
Amarillo, en los vagones destinados para el
recorrido inicial viajaban como invitados especiales
la condesa Kleist de Alemania, la señora Muller, la
señora Schirike, esposa de uno de los altos
directivos del ferrocarril alemán, Pedro Ezequiel
Rojas, canciller venezolano, y el general Venancio
Pulgar, entre otros ilustres invitados. El tren debía
recorrer 178 kilómetros, 86 túneles, 212 puentes y
viaductos y debía hacer sus respectivas paradas en
las estaciones Palo Grande, Antímano, Las
Adjuntas, Los Teques, El Encanto, Las Mostazas,
La Begonia, Las Tejerías, Santo Domingo, Trapiche
del medio, El Consejo, La Victoria, San Mateo,
Cagua, La Julia en Turmero, Gonzalito, Maracay,
La Cabrera, con embarcadero sobre el Lago de
Valencia, Mariara, San Joaquín, Guacara, Los
Guayos y San Blás en Valencia.
Al hacer la descripción de la estación de Los
Teques, una de las más confortables del trayecto del
tren vía Valencia, Luis Cordero Velásquez plasma
en su obra La Venezuela del Viejo Ferrocarril, que
a partir del viaje inaugural del ferrocarril hasta
Valencia, el pequeño poblado de Los Teques
experimentará inusitado resurgimiento. Por su
agradable clima, recuerda el autor citado, Los
Teques va a convertirse en sitio de pernocta para los
temporadistas y personas quebrantadas de salud, a
los que debe de añadirse, recuerda el escritor,
familiares y, en general forasteros.
Importante recordar que la villa de Los
Teques, antes y después de haber sido elevada a la
condición de capital del estado Miranda, se tuvo
como sitio ideal para el tratamiento de
enfermedades pulmonares, donde buscaron refugio
destacadas personalidades, entre ellas el genial
pintor Arturo Michelena. Los Teques, gracias a la
labor conservacionista de los directivos del tren
alemán, fue dotado de hermosos parques y jardines,
como el conocido como Los Coquitos, luego
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bautizado con el nombre de Gustavo Knoop y El
Encanto, así como de cómodas viviendas. Los
parques ya nombrados, por su excelente y bien
cuidada vegetación, constituyeron centro de
atracción por parte de las familias que visitaban a
Los Teques, bautizada como la Suiza de Venezuela.
¡Eran otros tiempos!
Adios, a Ocumare…con coma
Al ser trasladada la capital del estado Miranda
de Petare hacia los valles del Tuy en abril de 1904,
concretamente a la población de Ocumare, el
músico Ángel María Landaeta, integrante de la
banda del estado, compuso el valse Adiós, a
Ocumare, como una despedida de Petare, la capital
de entonces, que hasta ese momento se tenía como
centro de los poderes públicos del estado Miranda.
La pieza es un sentido homenaje a Petare. Muchas
personas llegaron a creer que la composición se
estrenó cuando la capitalidad se estableció en Los
Teques en 1927, con la cual su autor se despedía de
Ocumare del Tuy (y no de Petare), cuestión
totalmente fuera de lugar, ya que para ese momento,
13 de febrero de 1927, el maestro Landaeta había
fallecido en Ocumare del Tuy cuando corría el año
de 1914, señalándose también como fecha de su
deceso el año de 1920. Les dejamos a continuación
lo que el respetado musicólogo José Antonio
Calcaño, en su obra La Ciudad y su Música relata
acerca del autor del valse Adiós, a Ocumare:
Ángel M. Landaeta, autor del popularísimo
valse Adiós a Ocumare, sin la coma, según el
maestro Calcaño, comenzó a ser conocido por esta
época. En 1872 figuraba siempre como violinista en
las orquestas. Años más tarde fue mejor conocido
como autor de valses, y se dice que el más popular
de ellos fue compuesto en Petare, en momentos en
que se trasladaba la capital del estado Miranda de
Petare a Ocumare, y que por lo tanto, el título
correcto del valse es: Adiós, a Ocumare, que es
como decir: Adiós, Petare, nos vamos para
Ocumare. Hoy, finaliza su breve nota el maestro
Calcaño, solo se recuerda a Ángel M. Landaeta por
este conocido valse. Otro destacado estudioso de la
historia de nuestra música, ejecutante y crítico de
arte Rhazés Hernández López, hijo también de
Petare, al mencionar la creación del maestro
Landaeta, dice que la misma debió llamarse Adiós
Petare y hubiese creado menos confusión.
En el mes de abril de 1904, Ocumare del Tuy
es elevada a la condición de capital del estado
Miranda, pierde la villa de Petare esa categoría,
viéndose los funcionarios públicos en la obligación
de trasladarse hacia Ocumare del Tuy, entre ellos
Ángel María Landaeta, quien formaba parte de la
Banda del Estado, institución musical la cual estaba
dirigida por el prestigioso maestro petareño Jermán
Ubaldo Lira. En ensayo escrito por Juancho
Fernández, publicado en la desaparecida Revista del
estado Miranda, editada en Los Teques en los años
cincuenta, ratifica que la composición de Landaeta
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es su despedida de Petare y al respecto, dice: “ Para
muchos este valse estaba dedicado a la población de
Ocumare del Tuy. Nada más lejos de la verdad.
Ello se debió a que la generalidad de la gente
suprimió la coma entre la palabra Adiós y la
preposición A, pero eso no es correcto.
Nuestro ensayista citado plasma en su escrito,
que sería el mismo Landaeta, momentos antes de
arrancar el tren de la estación, el que anunció a
varios altos empleados del Ejecutivo… que para
despedirse de Petare había compuesto un vals y que
sería ejecutado por la banda, tan pronto el ferrocarril
comenzara a salir de la estación, como en efecto se
realizó. He aquí parte de la letra del histórico valse
Adiós, a Ocumare:
Y si por cruel imposición/ abandono tus
valles/ Temo que mi corazón/ Por las
penas estalle/ Y si por signo infeliz/
Nunca más jamás yo volveré/ ¡Ay,
Ocumare ! ¡ay de ! / No por qué
fui/ Ni cuando volveré/.
Queda demostrado, de acuerdo al recorrido
investigativo acerca de la creación del valse Adiós,
a Ocumare, que la coma (,) debe colocarse después
de la palabra Adiós, ello porque el autor se despide
de Petare.
En este un poco controvertido tema,
debemos recordar que el Estado Miranda ha tenido
varias capitales: Villa de Cura, La Victoria, Petare,
Ocumare del Tuy y Los Teques. Concluimos así
amigos, que para la época en que fue trasladada la
capital del estado Miranda de Ocumare del Tuy
para Los Teques, el autor del vals ya había fallecido,
como ya lo habíamos señalado anteriormente, razón
más que contundente para desmentir a todas
aquellas personas que piensan que ese vals se
compuso como despedida a Ocumare. El vals de
Landaeta fue una despedida triste a Petare, su
pueblo natal. El maestro Landaeta había nacido en
Petare en 1862, así lo recoge la cronista Coromoto
Méndez Serrano en su trabajo Petare a Través del
Tiempo e indicando como fecha de su fallecimiento
el año de 1916. Otro destacado investigador sobre
aspectos de nuestra sica y sus autores, Hugo
Álvarez Pifano en su libro El Vals Venezolano,
reseña que Ángel María Landaeta nace en Petare,
pero el año de 1872 y va a morir en Ocumare del
Tuy en 1920. Esta situación, la del año y mes del
nacimiento de Ángel María Landaeta, debe ser
aclarada al efectuar la revisión en los archivos
parroquiales y municipales y así lograr la
localización del acta de nacimiento correspondiente
(JMS/HZO).
Historia Menuda XXV
Los baños de mar en Macuto
Macuto, ese histórico espacio turístico, está
atado a Antonio Guzmán Blanco y Joaquín Crespo,
quienes durante sus respectivas administraciones se
preocuparon por hacer realidad para la época, de
unos modernos baños de mar, tanto para damas
como para caballeros, los cuales consistían en dos
grandes estanques de agua salada, inaugurados el 25
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de enero de 1885. Los trabajos se van a iniciar en
1876, siendo paralizados al año siguiente, y, cuando
corría el año de 1883 todavía no habían sido
concluidos. Los baños en cuestión, consistían en dos
grandes pilas de mármol trasladadas directamente
desde Génova y la construcción estuvo a cargo del
ingeniero G.K. Túcker, quien fuera sustituido,
tiempo después, por el también profesional de la
ingeniería Antonio Retalli, siendo inaugurados el 25
de enero de 1885 y regentados, así lo recoge
Henríquez González F. en su obra La Guayra. Dos
Siglos de Historia, por el popular Tacoa, de quien
se decía era ahijado de Antonio Guzmán Blanco.
Este conocido personaje, refiere el autor ya
nombrado, andaba siempre pulcramente vestido de
camisa y pantalón de algodón y calzaba alpargatas.
Allí, dentro y fuera de los baños, mantuvo Tacoa
una férrea disciplina. El periodista y escritor Lucas
Manzano en su pincelada sobre Tacoa, aparecida en
su libro Crónicas de Antaño, lo presenta como
gordo, retaco, nariz achatada sin llegar a la
chinguera, lucía para distinguirse de sus semejantes
una panza que no tenía igual en todo lo ancho de la
tierra litoralense . Al ser concluida la obra los baños
de mar de Macuto, la cual estuvo a cargo del
constructor italiano Retalli y entregada al general
presidente Joaquín Crespo, el cronista Lucas
Manzano, en sus Crónicas de Antaño, dice que los
macutenos estuvieron de acuerdo que la
administración se le diera a Tacoa.
Para la época cuando existían los baños de
Macuto, Luis Enrique González F, en otro de sus
libros, Crónicas y Biografías de La Guayra, relata
que el uso de los trajes de baños no era bien visto…
las mujeres se bañaban en fondos o en dormilonas
largas, que al mojarse se pegaba bastante al cuerpo
dando un espectáculo grato a la vista masculina. En
cambio en la parte que les correspondía a los
hombres, estos se bañaban con el traje de Adán,
léase, desnudos. Al efectuar la descripción de los
históricos baños, Luis Enrique González, quien
fuera Cronista Oficial de La Guaira, relata que en
Macuto existía un edificio construido a la orilla del
mar, con dos separaciones: una para hombres y otra
para mujeres, eran los baños de Macuto. Se llegaba
hasta ellos, relata el cronista, por una pasarela que
conducía hasta un corredor de entrada, donde los
baños de las damas estaban a la derecha y el de los
caballeros a la izquierda. Cada una de estas casas de
baño, sigue nuestro informante, tenía en su interior
un corredor con closets construidos en las paredes,
para que los bañistas guardaran su ropa, entre otros
elementos, con bancos de madera y espejos.
Macuto permanece atado a los nombres del
cacique Guaicamacuto, al río que riega parte de su
angosta geografía bautizado con el mismo nombre
del balneario, a sitios como Loma Redonda, El
Cojo, La Vega, Palo de Agua, Longa, Palmar de
Azúcar, Montaña de Papelón, Punta del Pavero,
Quebrada de Garabatos, La Cruz del Ceibo, El
Playón, Hacienda San Juan y también permanece
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ligado o atado al presidente Antonio Guzmán
Blanco, ello por haber sido bajo su mandato que se
proyectó la edificación de los baños y por haberse
hecho realidad la construcción de una casa
presidencial para veranear, conocida como La
Guzmania.
Asimismo, cuando nombramos a Macuto,
inmediatamente surgen los recuerdos hacia sus
famosos hoteles como Alemania, Miramar,
Guaicamacuto, Quince Letras, Pensión Guanchez y
de sectores como Álamo, Paseo, El Ceibo, donde la
figura de Manita o Mariíta se encargaba, en forma
silenciosa, de adornar y limpiar las cruces que al
se alzaban. Recuerdo especial se tiene por la plaza
de las palomas, bautizada con el nombre del poeta
Andrés Mata, espacio donde escenificaban
interesantes tertulias, humanistas, educadores,
periodistas, poetas, músicos, historiadores,
empresarios, funcionarios públicos, médicos y
donde las familias disfrutaban de amenos paseos
bajo la sombra de los árboles y la brisa que llegaba
del mar. La población de Macuto también esta súper
asociada el genial pintor Armando Reverón, al lado
de su amada Juanita, en su refugio conocido como
El Castillete, sector Las Quince Letras, donde
realizó su gran obra como artista plástico,
reconocida nacional e internacionalmente.
Asimismo, no podemos dejar a un lado al famoso
Quintín Longa, quien con su grata conversación,
espontaneidad y sonrisa a flor de labio, animaba a
los que se daban cita en el paseo, narrando episodios
y anécdotas relacionadas con su experiencia como
salvavidas y nadador.
Macuto fue centro de visitas por parte de
presidentes, escritores, políticos, diplomáticos y
conocidas familias de Caracas y de otros lugares del
país. Presidentes como Antonio Guzmán Blanco,
Joaquín Crespo, Cipriano Castro y Juan Vicente
Gómez, visitaban con cierta frecuencia el balneario
de Macuto. El dictador Juan Vicente Gómez, de
acuerdo a fotografías observadas en algunas
publicaciones, siempre se situaba, acompañado de
familiares, colaboradores y amigos, debajo de un
frondoso uvero, el cual tenía una placa de
identificación. La tragedia de Vargas, como se
conoce el deslave ocurrido en diciembre del año
1999, arrasó con todo ese paseo y balneario de
Macuto.
Los temporadistas que viajaban a Macuto
desde Caracas lo hacían en tren y lo tomaban en
Caño Amarillo, esto fue obra de la administración
de Antonio Guzmán Blanco, pero ese tren llegaba
solo hasta La Guaira y allí, para trasladarse hasta
Macuto había que embarcase en un pequeño e
incómodo ferrocarril propiedad del señor Matharan,
hijo de Francia, que trasladaba a los pasajeros hasta
el balneario, y, después, al hacer acto de presencia
el automóvil, las familias se desplazaban por la
carretera construida durante el gobierno gomecista.
Estos dos medios de comunicación contribuyeron
altamente al desarrollo de Macuto como centro
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turístico y a la edificación de cómodas y amplias
viviendas para veranear o pasar largas temporadas.
La pelona Antonia organizaba las Guachicongas
Revisando los escritos de Pedro Quintero
García, nos enteramos que las guachicongas no eran
otra cosa sino las fiestas populares que se
organizaban en los barrios de Guanare, estado
Portuguesa, destacándose en la organización de las
mismas una dama por todos conocida como la
Pelona Antonia, aunque otros la identificaban como
La Tronco, mote que le montaron por la gordura que
exhibía. Este popular personaje se dedicaba a la
venta de bollos, conocidos como ahitones y de
empanadas, utilizando para ello, una gran cesta. La
pelona Antonia o La Tronco, tocaba sinfonía y
dominaba la bandola guanareña. Se sabe, de
acuerdo a los datos recopilados por Quintero García,
que en los bailes de joropos por ella amenizados, no
se tenía hora para finalizar y como condición para
entrar al lugar donde se montaba el baile, sostenía
como condición, que todos los asistentes debían
dejar a la entrada los garrotes, puñales, revólveres,
machetes y navajas y, los hombres dueños de dichas
armas, debían tener orden y moderación en la
bebida.
Otro de los personajes muy populares en la
población de Guanare, fue Ña Justa, conocida como
La Pecadora, de quien se decía que era capaz de
meterle en el vientre de la gente, sapos, culebras,
arañas y causar enfermedades que solo podían
curarse con oraciones y bebedizos. En una ocasión,
así lo describe Pedro Quintero García, Ña Justa se
acercó a una residencia donde velaban a un difunto
y sin que nadie se diera cuenta gritó unas cuantas
cosas, agarró un crucifijo, onista hizo la señal de la
cruz y salió, perdiéndose en la oscuridad de la
noche. Los dolientes que presenciaron aquello al
acercarse a la urna, pegaron soberanos gritos, ello
debido que, al observar al cadáver, éste había
cambiado de posición.
En Guanare también se movió, recorriendo las
calles de la población, Don Valeriano de Torrelles,
a quien se tenía como campeón en el manejo del
garrote, lo cual hacía con destreza, también se
desempeñaba como maraquero, cantante de corríos
en las guachicongas, conuquero y artesano. Don
Valeriano decía que él elaboraba unas excelentes
cuajadas con leche de tigra, animal que había
domado gracias a oraciones, sahumerios y
bebedizos de guamacho real.
Una cabra o una burra para alimentar al niño
Hubo momentos en Caracas, la que ya se
despidió, la que se marchó, la que se fue sin decir
adiós, cuando en sus dominios existían chiveras y
vaqueras, todas ellas, de acuerdo a documentadas
crónicas muy bien alimentadas con una gran
capacidad en la producción de leche, muy solicitada
por las familias residenciadas en las distintas
parroquias. Sobre esta materia, cuenta el historiador
José García de la Concha en su libro
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Reminiscencias. Vida y Costumbres de la Vieja
Caracas, que algunas damas al dar a luz y no poder
amamantar a sus críos para suministrarle la leche
correspondiente y mucho menos contratar una
nodriza, entonces buscaban una cabra o una burra.
La cabra debía ser isleña y la burra negra. En esto
de buscar una burra, pero negra, me trajo a la
memoria a mi abuela materna María Sánchez,
partera y yerbatera, quien decía que lo mejor para
combatir la tosferina era tomando leche tibia de
burra negra. La leche de chiva llegaba a Caracas,
así lo recoge nuestro cronista guía, desde Catia y
Tacagua, siendo las chiveras más famosas las que
por esos espacios tenían Domingo, mejor conocido
como “el gomero” y Joseíto Fajardo, mientras que
en la hacienda La Yerbera en San Agustín del Norte,
se desplazaban, así se lee en las Reminiscencias, las
cabras isleñas de Don Francisco González.
Don José García de la Concha, nos dice que
en aquella Caracas rural, donde por sus calles se
desplazaban carretas cargadas de pasto para vacas,
caballos, mulas, en casi todas las parroquias
existían establos donde pastaban buenas vacas
lecheras. Un señalamiento, por demás interesante
que plasma García de la Concha, es el del barrio
más lechero de Caracas, el cual no era otro sino
Sabana Grande, donde poseían excelentes
ejemplares los vaqueros Manuelito Orta y Agustín
Cabello y, más allá, en Chacao, estaba Manuel
Toledo Trujillo y, todavía un poco más allá,
Branger en Los Dolores y por los lados de Tócome,
la vaquera de Antonio y Ramón Yanes. Hacia esos
dominios, donde las vaqueras y las haciendas de
caña de azúcar, constituían la riqueza de la zona, se
iría extendiendo la urbe con sus modernas
construcciones, derrumbando chiveras, vaqueras,
torreones, trapiches y añejas casonas. De esa
Caracas que nos describe García de la Concha, no
nos queda prácticamente nada. Gracias a nuestros
cronistas, historiadores y periodistas, nos enteramos
de las tradiciones, costumbres, leyendas, vida
social, personas populares, valores humanos, que en
su evolución histórica social, mantuvo en su seno la
capital de Venezuela (JMS/HZO).
Historia Menuda XXVI
Especial para la ciudad de Guarenas en su
Cuatricentenario
14 febrero 1621 14 de febrero 2021.
El alegre totumo y el sabroso aguacate.
Con motivo de la celebración del
cuatricentenario de la fundación de Guarenas, el 14
de febrero de 2021, día por cierto del Amor y la
Amistad, recordaremos la figura del músico Benito
Canónico, uno de sus hijos ilustre, quien con su
inspirado vuelo musical le rinde homenaje a la villa
que lo vio nacer, el 3 de enero de 1894, al dedicarle
su famoso golpe El Totumo de Guarenas. Benito
Canónico es el padre del afamado y siempre bien
recordado Chino Canónico, aquel jugador de
beisbol, que fue el pitcher, para mas ñapa, que tuvo
la gloria de traer para Venezuela el título del
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Campeonato Mundial de Beisbol, escenificado en
La Habana - Cuba en el año 1941.
Los primeros conocimientos musicales
obtenidos por Benito Canónico, así lo señalan sus
biógrafos, los recibe de su padre Agustín Canónico,
músico que en Guarenas cumplió una interesante
jornada. Es de señalar que Benito Canónico en su
dilata obra como compositor y ejecutante, llegó a
dominar los secretos del cuatro, el arpa y el violín,
así como los instrumentos que constituían una
banda.
Cuando revisamos los datos biográficos sobre
Benito Canónico, concretamente los publicados por
el musicólogo José Peñín en la Enciclopedia de la
Música en Venezuela, se sabe que el maestro se
paseó por los espacios del bolero, dejando obras
como Yo no te Guardo Rencor; de los golpes, donde
se encuentran, Caracas es la Capital, El Aguacate de
Guarenas, El Guirirí, El Bojote, El Totumo de
Guarenas, Pica Pica, El Histórico, Caicara del
Orinoco, Quirpa, El Macán, El Cachicamo, El
Conoto; de los pasaje se conocen de su autoría
Pacairigua de Guatire, Moriche Solo, Mi Recuerdo,
El Dulce, La Mariposa; en los amenos pasodobles
dejó, Guatire, 1907, El Filarmónico, Mi Reposo;
entre los merengues se encuentran El Refranista, El
Jacarandoso, Qué le Van a Tirar, El 24, El Triunfo,
El Problema, El Guapetón, El Mango, El
Venezolano; entre los valses se encuentran El
Abuelito, Recuerdo de Guarenas, Carmen Teotiste,
Alecia, Rosa Margarita, Reinita, María, Blanca
Cecilia, Setty, Elvira, Marieta, Saludo a Guarenas,
Brisas de Ocumare, Mis Amores, La Fiesta,
Serenata Merideña, Lamentación, spero
Declinante, Los Caobos, Marta Soledad, 21 de
Mayo, Luisa Amelia, Infancia, El Sueño, El
Guarenero, Ylbia y Me Ausento; por los caminos de
los aguinaldos dejó ¡Oh! Jesús Bendito, San José y
María, Aurora Temprana, Todas las estrellas; entre
los himnos se conocen el dedicado al teatro El
Corral, Canto a la Virgen, himno a la Sociedad
Mixta, a la Santa Cruz; para bandas se conocen las
marchas como Al Nazareno, al Santo Sepulcro, El
Nazareno.
Les dejamos a continuación la pintura que nos
ofrece Hugo Álvarez Pifano en su documentado
trabajo El vals Venezolano, historia y vida, sobre el
Totumo de Guarenas: “Benito Canónico es el autor
del celebérrimo Totumo de Guarenas, un aire
regional de ritmo alegre y retozón, que invita al baile
y al desenfreno, que provoca alegría y entusiasmo
desbordante…” En otra parte de su mención al
golpe del maestro Canónico, el autor citado, al
recordar la transcripción que el genial guitarrista
Alirio Díaz hizo para guitarra, se transforma en una
pieza de concierto de difícil ejecución, que requiere
de una técnica avanzada para su interpretación
correcta. El concierto donde Alirio Díaz interpretó
la versión del Totumo de Guarenas para guitarra, se
oyó, con un lleno total, en el teatro Municipal de
Caracas en 1960, recibiendo el maestro Alirio Díaz
prolongados aplausos por sus magistrales
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interpretaciones, entre ellas la del Totumo de
Guarenas. Por cierto, en varias oportunidades quien
escribe, escuchó, por boca de viejos guareneros, en
amenas conversaciones escenificadas en la plaza
Bolívar de Guarenas, después de la salida de la misa
dedicada a la Virgen de Copacabana, que al
principio el nombre que llevaría el Totumo, sería El
Dulce, dado que mientras finalizaban los últimos
compases, una hermana del arpista Juan Muñoz, les
habría obsequiado un plato de un sabroso dulce de
lechosa.
Don Benito Canónico en su larga y fructífera
existencia se desempeñó como integrante de la
Banda Marcial de Caracas y de la Orquesta Típica
Nacional, así como profesor de música en
instituciones como la Escuela Bolívar, el Colegio
Sucre y en la Escuela Normal Miguel Antonio Caro,
donde fundó la Estudiantina y la Banda Marcial. El
maestro Benito Canónico, elevada y conocida figura
musical dentro y fuera de Venezuela, va a morir en
Caracas el 13 de octubre de 1971, dejando como
herencia una fértil obra musical, muchas de ellas
desaparecidas.
Les dejamos a continuación estrofas del
Totumo de Guarenas, considerado el himno popular
de la ciudad y de El Aguacate Guarenero, fruto muy
solicitado, en épocas pasadas, en los mercados
caraqueños. Se comentaba, así se lee en algunas
crónicas, que los compradores de aguacates, lo
primero que decían al solicitar el producto, era que
los mismos debían ser de Guarenas y, de no ser así,
no los compraban.
El Totumo
Cuando canto este totumo/yo no lo
que me da/que me pone en condición/
De tocá, cantá y bailá/Que totumo tan
sabroso, el que van a escuchá/Que
cuando suena en Guarenas/Provoca
zapatiá/Si señor, ya lo van a escuchar/Si
señor, lo van a escobillar/Si señor, lo
van a zapatear/Si señor, lo van a
bailar/Si señor, el totumo
sabroso/Señores, que van a zapatiá.
El Aguacate
El aguacate que se come aquí en
Guarenas/ay, no, no, no tiene
comparación/porque su fama no es local
sino mundial/Que no lo digo yo porque
soy un guarenero/Porque sabe a
mantequilla/Y alimenta con
esmero/sino la gente que forma el
mundo entero/esa es la propiedad del
aguacate guarenero/Taqui-taqui-lo
vamos a zapatiá/y el aguacate lo vamos
a saboreá.
El muñeco de la ciudad
Este sabroso merengue, muy popular en su
época, el cual se extendió más allá de nuestras
fronteras e interpretado por conocidas voces
nacionales internacionales, así como incluido en las
programaciones de afamadas orquestas, es del
guarenero Adrián Pérez. Hubo momentos en
Venezuela, cuando en la calle veían al cantante,
animador, hombre de radio, cine y televisión, Héctor
Monteverde, inmediatamente lo identificaban con el
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Muñeco de la Ciudad, dado que con esa
composición, la que cantaba de una manera muy
particular, llegó a gozar de una de gran popularidad
en los escenarios del país. Hubo momentos, cuando
Víctor Saume, creador el programa el Show de las
Doce, el cual comenzó a verse por la pantalla de
plata a partir de 1954, al salir de permiso, el show
era animado, entre otros, por Héctor Monteverde.
Allí, en el Show de las Doce, Don Víctor Saume,
conocido como “Personero de la ciudad de
Caracas”, presentó figuras de las dimensiones de
Libertad Lamarque, Olga Guillot, Celia Cruz,
Miguel Aceves Mejías, Lola Flores, Alfredo Sadel,
Héctor Cabrera, Magdalena Sánchez.
Al revisar algunas notas que nos informan
acerca de la vida de Adrián Pérez, se nos dice que
vio la luz en Guarenas el año de 1929, mientras que
en otras se señala el 8 de setiembre de 1930. Sus
padres fueron Hipólita Arias y Bartolo Pérez
Martínez, siendo llevado a la pila bautismal de la
iglesia parroquial de Guarenas, el 16 de octubre de
1935, por el poeta Rosendo Castillo y Gracia del
Rosario Arocha. El poeta Rosendo Castillo, padrino
de bautizo de Adrián Pérez, fue dueño de un
establecimiento comercial, La Estrella de Oro,
situado en la calle Páez. Sobre la obra poética de
Rosendo Castillo, recogida gran parte de ella por el
cronista David Fernández y publicada en la obra
Poetas de Guarenas, se sabe que muchas de sus
composiciones aparecían firmadas con el
seudónimo Juan Pablo Guarenas. Este ilustre
guarenero, Rosendo Castillo, autor del poemario
Crepúsculo de mis Horas, fue galardonado en 1980,
con el Premio Municipal de Poesía, premio otorgado
por el Concejo Municipal.
Nos relataba en una ocasión el recordado
amigo Simón Rengifo, que el merengue El Muñeco
de la Ciudad, lo cantaron las reputadas y conocidas
voces de Rafa Galindo, Rafa Robles, Nelson Pinedo,
quien con el respaldo de la orquesta la Sonora
Matancera lo había grabado en La Habana, Cuba,
en 1954, colocando la creación de Adrián Pérez, en
la cúspide de la popularidad en Latinoamérica.
Según los entendidos en melodías como la de
Adrián Pérez, señalan que El Muñeco de la Ciudad
recoge la estampa típica del antiguo lechuguino
arrabalero, antecesor del pavito de hace ya unos
cuantos años. Antes del lechuguino y el pavito, en
Caracas se movió el cucarachón, personaje de buen
vestir, mostrando sus bien cortados trajes por toda la
ciudad, mientras el sastre que se los había
confeccionado, trataba de localizarlo para cobrarle
la deuda contraída. Simón Rengifo, quien en
Guarenas mantuvo dos patronas, la Copacabana y
la Candelaria, siempre pregonó que por sobre los
torreones de las haciendas de caña de azúcar de
Guarenas, se habían proyectado las melodías
compuestas por Benito Canónico (El Totumo de
Guarenas y El Aguacate Guarenero), Adrián rez
(El Muñeco de la Ciudad) y Billo Frometa,
(Caminito de Guarenas), permaneciendo atada a
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ellas para satisfacción de un pueblo que admira y
respeta a los que las crearon.
Muñeco de la ciudad
La gente dice que soy/El muñeco de la
ciudad/Porque soy negro negrito/Con la
bemba colorá/Negro que baila
caliente/Negro que toca el
tambor/Negro que baila cumaco/Con
fuego en el corazón/Todos se acercan a
verme/Por la gracia que yo tengo/Al
golpe de la tambora yo/Les bailo este
merengue/Negro que baila caliente…/Si
negro nací nací/Porque así lo quiso
Dios/Pero bailo este merengue/Con
fuego en el corazón/Negro que baila
caliente…/Negro que baila
sabroso/Negro que toca tambor/Negro
que come candela/Negro que masca
chimó.
Caminito de Guarenas
Caminito de Guarenas /donde encontré
la novia mía/Marialuisa la morena/la
que juró que me quería/Aun recuerdo
aquella tarde/cuando una rosa
deshojaba/y buscándote camino/que era
verdad que yo la amaba/Caminito de
Guarenas/que yo encontré, de
Guarenas/caminito de Guarenas/que se
me fue, de Guarenas/Caminito de
Guarenas/ya no te acuerdas de
nosotros/Maria Luisa la morena/me
abandonó y se fue con otro/ha pasado
mucho tiempo/de aquella flor no queda
nada/En el alma solo siento/Que yo
solito me he quedado/Caminito de
Guarenas/Que yo encontré, de
Guarenas/Caminito de Guarenas/que se
me fue, de Guarenas/Caminito de
Guarenas/Que se perdió, de
Guarenas/Caminito de Guarenas/Que se
me olvidó, de Guarenas.
anie
Héroe Guarenero
Daniel “Chino” Canónico, hijo del reconocido
músico Benito Canónico, nació en Guarenas el 3 de
febrero de 1916. Su nombre permanece metido en
todas las capas de la sociedad venezolana, ello por
la hazaña cumplida en el universo del beisbol el año
de 1941, como integrante del equipo amateur que
obtuvo el campeonato mundial en la ciudad de La
Habana, Cuba, venciendo en el último partido al
equipo de ese país, sede del evento. Venezuela
entera explotó de emoción por los cuatro costado al
enterarse a través de las voces de Francisco José
“Pancho Pepe” Cróquer y Enrique Vera Fortique,
del triunfo de los venezolanos sobre los cubanos en
el estadio Tropical. El gran héroe había sido, por la
forma como había dominado a los bateadores,
Daniel “Chino” Canónico, pitcher de lanzamientos,
todos cubiertos de una especie de magia, señalaban
los entendidos en la materia, los cuales no pudieron
descifrar los bateadores de la potente novena
cubana, a los cuales les lanzó “El Chino” en el
campo habanero. La hazaña de Daniel “Chino”
Canónico, bateador y pitcher de grandes quilates,
seguirá ocupando, a través el tiempo un lugar
especial en las páginas de la historia del deporte
venezolano.
En el partido donde Venezuela se tituló
campeón mundial de beisbol amateur en 1941, dos
lanzadores brillaron con luz propia, ello gracias a lo
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que tiraban para el home, el guarenero Daniel
“Chino” Canónico y el cubano Conrado “Guajiro
del laberinto” Marrero. El duelo desde el montículo
se tiene como uno de los más extraordinarios
presenciado en el beisbol caribeño. Venezuela
alcanza el gallardete mundial con el “Chino”
Canónico como pitcher, con una anotación de 3
carreras por 1, en un estadio donde se habían dado
cita unas 30.000 personas. Venezuela recibió a sus
jugadores, toleteros de primera, como héroes. El
presidente de Venezuela, Isaías Medina Angarita,
decretó Día de Júbilo a nivel nacional. En La Guaira
y Caracas, las manifestaciones de alegría al llegar
los campeones, inundaron todos los rincones de esas
dos ciudades. La gente se lanzó a las calles,
cargando sobre sus hombros a los que con sus
esfuerzos y espíritu deportivo habían logrado para
Venezuela el campeonato mundial de beisbol
amateur.
El nombre de Daniel “Chino” Canónico lo
vamos a encontrar formando parte de las novenas
Los Sapos, Los Sabios de Vargas. Gavilanes, Los
Muchachos, Venezuela, Los Trece, Senadores,
Pastoras, Vargas, Cervecería Caracas. El historiador
y cronista, Elio Bolívar, en sus investigaciones
sobre el beisbol en la cuatricentenaria Guarenas nos
informa que Daniel “Chino” Canónico, al lado de su
destacada actuación como deportista,
concretamente como pitcher, dominando a
espigados bateadores, también se desempeñó como
sico, formando parte de agrupaciones formadas
por su padre Don Benito Canónico, amenizando
retretas, entre ellas algunas de las organizadas en
Guarenas con motivo de sus tradicionales fiestas
patronales en honor a la Virgen de Copacabana.
Nuestro citado cronista plasma, en su trabajo 50
Años de Pelota Guarenera, que Daniel “Chino”
Canónico cuando corría el año de 1940, dirigió una
selección guarenera que se enfrentó a una dirigida
por el cubano “Cocaína” García, conocida como Las
Estrellas Negras, a quienes la del patio derrotó en el
terreno de Casarapita, donde en nuestros días se
encuentra la urbanización Nueva Casarapa.
El poeta, político, parlamentario, escritor,
Miguel García Mackle, en discurso pronunciado en
la plaza Bolívar de Guarenas el 14 de febrero de
1985, al recordar al “Chino” Canónico, les
comunicó a los asistentes, lo siguiente: “Pero
además de música, el apellido Canónico, guarenero,
popular y arraigado tradicionalmente , le ha dado a
nuestro pueblo otra gloria indiscutible y
enaltecedora: el ídolo del extraordinario triunfo de
Venezuela sobre el poderoso equipo cubano del
Campeonato Mundial de Beisbol Amateur de 1941,
Daniel Canónico, “El Chino”, cuya famosa bola
lenta o cambio de velocidad, unida a una pasmosa
serenidad, a un control del ánimo poco común,
materialmente sacaron de quicio a la ingente batería
cubana…!Y “El Chino” Canónico los venció!”.
Daniel “Chino” Canónico, hijo destacado de
Guarenas, fue elevado al Salón de la Fama del
Deporte Venezolano en 1971, va a morir, lleno de
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gloria y con el reconocimiento del pueblo
venezolano por todo lo que hizo a favor del beisbol
nacional y caribeño, en la ciudad de Barquisimeto,
estado Lara, el 20 de agosto de 1975.
Momentos estelares de Guarenas
Guarenas, de acuerdo a investigaciones
realizadas por historiadores, entre ellos Lucas
Guillermo Castillo Lara y David Fernández, fue
fundada el 14 de febrero de 1621 con el sonoro
nombre de Nuestra Señora de Copacabana,
encontrándose entre sus fundadores el Teniente
General Don Pedro José Gutiérrez de Lugo, Juez
Poblador y el encargado de llevar a cabo todos los
asuntos civiles, en representación del Gobernador
de la Provincia de Venezuela, Capitán Don
Francisco de la Hoz Berrío y el Cura Vicario de
Caracas Gabriel de Mendoza, quien realizaría todas
las diligencias eclesiástica a nombre del Obispo de
Venezuela Fray Gabriel de Angulo. Ya para el 21 de
noviembre de 1626, Guarenas comienza a rendirle
culto a la Virgen de Copacabana, su patrona,
devoción que se mantiene hasta nuestros días. En
sus fértiles tierras, a medida que la población iba
creciendo, irían apareciendo las haciendas de caña
dulce, trabajadas por la mano esclava negra y cerca
de ellas, vecindarios como Anauco, Casarapa, El
Cercado, El Cedrito, La Fundación, Güeime, El
Recreo, Los Lagos, Maturín, Santa Cruz, Naranjal,
San Pedro, Auyare, Izcaragua, Curupao, Guacarapa,
Guayabal, Mampote, Potuco, Santa Cruz, San
Pedro, Cloris, Ceuta, Tocorón, entre otros. Los que
deseen conocer el significado de los nombres antes
citados, así como otros que se encuentran a lo largo
y ancho de la geografía guarenera, al respecto le
recomendamos consultar el folleto Toponimia de
Guarenas, del pedagogo y cronista David
Fernández.
A medida que la comunidad iba creciendo y
sus haciendas produciendo, se van abriendo
caminos que comunicarían a Guarenas con otros
sectores poblados, no faltando los arreos de bestias
de carga y carretas, los cuales transportaban
papelón, azúcar, aguardiente, al lado de otros
productos cosechados en las vegas locales, todas
muy bien cuidadas por sus dueños, entre ellos
Ramón y Pedro Monzón, Juan Ramón Sánchez,
Pedro Manuel Vera, Jesús María Marrero, Rufo
Olivo, Adolfo Abad, Félix Martínez, Ramón
Hernández.
El tránsito de mulas, caballos, mulos, burros,
carretas - donde la figura del arriero, veterano en
dominar espacios - entre Barlovento, El Tuy, Petare,
Oriente y Caracas, iba constituyendo un elemento
importante en el movimiento comercial entre
Guarenas y las zonas ya nombradas, lo cual
permitió la apertura de posadas y rancherías, donde
se le brindaba atención a los viajeros y a las bestias,
siendo muy famosas posadas como Santa Cruz, La
Estrella, Mampote, Campo Alegre, Ochoa, Los
Lagos, Pajarito, El Helechal y La Cortada. Por
cierto, dentro y fuera de la población no faltaban las
surtidas pulperías, siendo la última de ellas, la
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regentada por Don Delfín Mendoza, conocida con el
nombre de La Reforma, donde la ciudadanía pudo
observar los últimos burros, amarrados de unas
argollas que se encontraban adheridas a la acera.
La angosta geografía de Guarenas ha sido
cuna de hombres y mujeres, quienes con sus
actuaciones han contribuido a darle brillo al lugar
donde vieron la luz, señalándose entre ellos, de
acuerdo a lo divulgado por el académico David
Fernández, a Cristóbal Loreto de Silva, el primer
guarenero en obtener un título universitario; Juan
Francisco López Adán, quien se desempeñó como
catedrático en el Virreinato de la Nueva España;
José Anselmo Orta, prócer de la Independencia;
Manuel Pantoja médico y patriota de elevados
méritos; Francisco Rodríguez de Tosta, jurista y
profesor en la Universidad Central; José Manuel de
los Ríos, político, quien como presidente de la
Cámara del Senado de su época, firmó el decreto
legislativo de los honores al Libertador con motivo
del traslado de sus restos a Venezuela; Francisco R.
García, médico, a quien por el ejercicio de su
profesión, la familia guarenera lo tiene como figura
ejemplar; Régulo Fránquiz, alta figura del clero
venezolano, muerto en la tétrica cárcel de La
Rotunda por la dictadura de Juan Vicente Gómez;
José María Fránquiz Jiménez, periodista, jurista,
educador; Juan Bautista Ascanio Rodríguez,
esclarecido profesional de la medicina; Benito
Canónico, conocido músico, autor, entre otras
piezas musicales de El Totumo de Guarenas y El
Aguacate Guarenero; Adrián Pérez, famoso por su
merengue “El Muñeco de la Ciudad”; Rosendo
Castillo, poeta; Antonio María Piñate, de dilatada
obra pedagógica, cronista y Maestro de Capilla;
Antonio Patiño Antich, poeta; Daniel “Chino”
Canónico, destacado jugador de beisbol, elevado al
Salón de la Fama del Deporte Venezolano; Athilano
Pacheco García, escritor, poeta; Manuel Silva,
músico Maestro de Capilla; Armando Urbina,
artista plástico, escritor, dramaturgo, fundador de
agrupaciones teatrales, entre ellas El Teatro Negro
de Barlovento; Monseñor Pío Bello, poeta, miembro
fundador y primer Rector de la Universidad Católica
“Andrés Bello” y de la extensión en la ciudad de San
Cristóbal, estado Táchira y segundo Obispo
Arzobispo de la Diócesis de Los Teques; Rafael
Castillo Vera, publicista, locutor; Caupolicán
Ovalles, ensayista, poeta, escritor; Rodolfo Santana,
dramaturgo, de dilatada obra en el campo teatral,
premiado, nacional e internacionalmente por su
trabajo en el universo de las tablas; Emilio Bello,
músico, fundador de la Estudiantina Teófilo León,
del Centro de Educación Artística “Andrés Eloy
Blanco” de Guatire; Alberto Sequín Vera,
pedagogo; Elio Bolívar, cronista, historiador y
ensayista; Jorge Luyando Rondón, actor, humanista,
escritor; Marta Elena Crespo Pedroza, historiadora,
educadora, escritora; Eleodoro González P., artífice
de la famosa bebida Ponche Crema, la cual tratamos
de saborear los venezolanos durante las fechas
decembrinas.
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Guarenas permanece anclada a sus
manifestaciones folclóricas. Allí encontraron, desde
los días coloniales, terreno de primera, los que
hicieron posible el baile de San Juan, la Parranda de
San Pedro, la Burriquita, La Viejita, con Miguel “El
Típico” Parra y Rodolfo Toro, al lado de las
improvisadas melodías que dejaron los cantantes
anónimos. Gracias al trabajo desplegado por
Bernardino Garmendia, Berta y Mercedes Rojas,
Martín Lozano, la familia Muro, Juanita Mora,
familia Núñez, Pancho Rojas, Raimundo y
Francisco Vaamonde, Juan Blandín, Isabel
Hernández, al lado de otros importantes cultores, la
fiesta en honor a San Juan, como lo recordaba Pedro
Aponte, se mantiene en su apogeo, recorriendo las
calles de la urbe, los 24 d junio de cada año. La
Parranda de San Pedro, Patrimonio Inmaterial de la
Humanidad, tiene en Guarenas uno de su más
amplios escenarios y, donde el recuerdo nos lleva a
la labor cumplida por parranderos de las
dimensiones Gonzalo Quiñones, Norberto Blanco,
Antonio Núñez, Sixto Istúriz, Antero Núñez, Juan
Lorenzo Aponte, Leoncio Campos, Régulo Melián,
quienes con sus rostros todos negros, al lado de
María Ignacia y los tucusos, se encargaron por
largos años de mantener la manifestación, dejándola
a las nuevas generaciones como herencia de
primera. El día dedicado a San Juan, la voz del
cantante, se explaya y, mientras observa la figura del
Santo, le rendirá el homenaje correspondiente,
diciendo:
Changulé que ya me voy
Changulé que ya me voy
Changulé que ya me voy
Pa Tacarigua.
Oh, Juan Bimbé no tiene casa
Oh, Mariambé
Oh, Juan Bimbé
Duerme en el suelo
Oh, Mariambé.
Para el 29, día dedicado a San Pedro, las
tonadas irán brotando, especie de manantial, a
medida que la imagen del santo se desplaza, calle
abajo, calle arriba;
Buenas noches doy señores,
Buenas noches vengo a dar,
El San Pedro de Guarenas,
Hoy les viene a saludar.
Es el santo de San Pedro
Que es el santo e´ mi papá.
Es el santo e´ Antonio Núñez
Que me enseñó a parrandeá.
Guarenas no olvida a sus personajes
populares, los que diariamente recorrían sus
angostas calles paseando su humanidad y aliñando,
con sus respectivas salidas, la existencia de chicos y
grandes, en una comunidad donde todavía dominaba
la ruralidad.
Recuerdos interesantes dejaron figuras como
Petrón, Guacharaco, El Mudo de Maturín, Queso
Amarillo, Pedro Guarapón, Bartolo, Caramero,
Cuñata (amolador), Juancito Trucupey. Les
dejaremos a continuación la pincelada que en una
oportunidad nos ofreció Delfín Mendoza sobre
Pedro Guarapón. Este recordado personaje, decía
Delfín Mendoza, en vista de la no existencia de una
agencia bancaria en el pueblo, Guarapón tenía la
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misión de trasladar dinero de Guarenas a Caracas,
actividad que cumplía empleando una noble mula,
colocando las morocotas en unos pequeños sacos, de
los llamados de azúcar. Tanto las morocotas como
las monedas de plata llegaban a su destino, dado que
Pedro Guarapón gozaba de una gran honestidad.
Nunca fue asaltado.
La descripción de quién era Eusebio Antonio
Gil, bautizado como Petrón, quien todos los días
marchaba de Guarenas, saliendo de la pulpería La
Reforma, hacia la hacienda Curupao, llevando un
cajón, lleno de mercancía sobre su cabeza, nos la
dieron Pedro Aponte, conocido profesional del
volante y Don Delfín Mendoza. Según ellos Petrón,
se encargó, durante largo tiempo de alegrar al
pueblo organizando diversos eventos populares para
chicos y grandes, como el disparar todos los años,
el cañón en las fiestas patronales, lo cual hacía desde
los cerros Colorado, Papelón y El Guacharacal,
asimismo Petrón organizaba los mejores velorios
dedicados a la Santísima Cruz, homenajeándola con
décimas y fulías en el mes de mayo, se encargaba
también de buscar los bambúes que debían utilizarse
para la manga de los toros coleados, lanzar los
cohetes, fabricar el muñeco que representaba a
Judas y criticar a las autoridades cuando no
cumplían lo que le habían prometido a la
colectividad.
Ah malhaya un trago de agua
De la quebrada de Guarenas,
Un bizcochuelo cubierto
Y el beso de una morena.
--
Entre Guatire y Guarenas
Cuando se hacen los fiestones,
Tenemos toros coleados
Para ver los valentones.
¡Feliz Cuatricentenario a los nativos de
Guarenas y a todos aquellos que hicieron sus
valiosos aportes a esa ciudad, desde cualquiera área
del pensamiento humano! La celebración del
Cuatricentenario de la llamada Perla de Miranda,
constituye un extraordinario acontecimiento el cual
debe quedar grabado en las presentes y futuras
generaciones de guareneros, por lo tanto le
enviamos nuestras más sinceras felicitaciones
(JMS/HZO).
Historia Menuda XXVII
Famosos grupos musicales
En notas redactadas por Aldemaro Romero,
Rafael Salazar, Aníbal Nazoa, entre otros estudiosos
de nuestro quehacer musical, encontramos nombres
de famosas agrupaciones musicales ya
desaparecidas de los escenarios nacionales,
formadas por destacadas figuras de la composición
y ejecución. Entre esas agrupaciones se recuerdan a
los Cantores del Trópico, integrada por Marco
Tulio Maristani, Manuel Pérez az, Eduardo
Serrano y Antonio Lauro, nombres muy conocidos
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por su largo jalonar musical dentro y fuera de
Venezuela; el dúo Espín y Guanipa, formado por
César Espín, maestro de música de dilatada
trayectoria y Ángel Guanipa, músico muy conocido
en Caracas. Quien escribe esta nota oyó muchas
veces, a través de la radio, las interpretaciones de
este popular dúo.
En 1938, año cuando este escribidor, como
diría el historiador Manuel Caballero, llegó al
mundo en Vega Redonda, Araira, un 14 de
septiembre, comienza a escucharse el Trío Caribe,
formado por Inocente Carreño, Pedro Paiva
Revengar y Luis Villasana. Otro trío de gratos
recuerdos lo constituyó Cantaclaro, donde militaban
Dámaso García, Pascual García y Francisco
Carreño, luego se uniría Rafael “Fucho” Salazar,
padre de Rafael Salazar, quien nos ha proporcionado
valiosos datos para redactar esta nota.
Cuando corría el año de 1935 se escuchaban
las composiciones interpretadas por el Cuarteto
Caraquita, bautizado popularmente como Los
Cuatro Diablos, con una programación donde no
faltaban los valses, merengues y joropos. Esta
agrupación la integraban Julieta de la Rosa, piano;
Chipín Marcano, cuatro; Alberto Muñoz, clarinete;
y Gerardo González, contrabajo. Rafael Salazar
recuerda que el Cuarteto Caraquita, fue la mejor
agrupación musical porque le dio difusión,
prestancia y virtuosismo a la música popular
caraqueña. Para 1945 hace su aparición el Trío Raúl
Borges, allí participaban Antonio Lauro, Flaminia
de De Sola y Manuel Enrique Pérez Díaz.
Para aquellos años fue todo un acontecimiento
escuchar a Teodoro Teo” Capriles, miembro
fundador del Orfeón Lamas, personificando a
Florentino, en la famosa Cantata Criolla de Antonio
Estévez, basada en la obra Florentino y el Diablo del
poeta barinés Alberto Arvelo Torrealba, mientras
que el maestro Antonio Lauro, se encargó de darle
vida al Diablo. Ambos intérpretes representaron sus
respectivos papeles con el respaldo musical de la
Orquesta Sinfónica Venezuela, bajo la dirección del
maestro Antonio Estévez, autor de la histórica
Cantata y quien fuera corista del Orfeón Lamas,
miembro de la Orquesta Sinfónica, fundador del
coro del Liceo Andrés Bello y del Orfeón de la
Universidad Central, el cual hizo su debut en 1943.
Antonio Estévez, egresado de la Escuela Superior de
Música José Ángel Lamas, alumno de Vicente
Emilio Sojo, recibirá el Premio Nacional de Música
correspondiente a los años 1949-1950. Les dejamos
a continuación dos versos del famoso encuentro
entre el Diablo y Florentino, creación de la bien
formada mente poética de Alberto Arvelo
Torrealba:
El Diablo
Catire quita pesares
Contéstame esta pregunta
¿Cuál es el gallo que siempre
Lleva ventaja en la lucha
Y aunque le tumben el pico
Tiene picada segura?
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Florentino
Tiene picada segura
El gallo que se rebate
y no se atraviesa nunca:
bueno si tira de pie,
mejor si agarra en la pluma.
Detalles de la otrora Caracas
Para el año de 1837, Caracas era conocida
como un pueblo grande, donde los residentes y
viajeros podían contemplar las heridas que mantenía
la pequeña urbe producto de los terremotos y de las
acciones bélicas libradas durante la independencia.
Para aquel año se decía que las esquinas mas
concurridas, según muchos de nuestros cronistas, no
eran otras sino La Bolsa y Mercaderes, donde
mantuvo su sede la famosa posada El León de Oro,
propiedad de Antonio Delfino. Al frente del
conocido hospedaje del señor Delfino, abrió sus
puertas una botica, atendida por el boticario Claudio
Rocha, sitio donde se escenificaban tertulias con la
asistencia de poetas, escritores, historiadores,
artistas, viajeros, educadores, entre otras
personalidades. Se decía que el señor Claudio
Rocha, poseía grandes habilidades para la
preparación de jarabes a base de saúco, malva,
llantén, toronjil, verdolaga, pasote, mejorana,
yerbamora, escorzonera, tacamahaca, guásimo,
manzanilla, cañafistola, siendo el más solicitado el
depurativo a base de zarzaparrilla. También
preparaba Claudio Rocha uno sabrosos refrescos a
base de tamarindo, limón, guanábana y piña. Para
esa época el hielo no se conocía, por lo tanto lo
refrescos debían tomarse al natural.
Los cronistas de la ciudad de Caracas, entre
ellos Héctor Parra Márquez, señala que en la
esquina de La Bolsa se instalaron prestamistas y
propietarios, quienes se apresuraban a inscribir sus
respectivos bienes en una oficina del Registro que
allí tenía su sede, este movimiento comercial le dio
una gran animación al lugar, identificándose como
La Bolsa. Asimismo, refiere el historiador citado,
por el auge que allí se observaba, ello por las
transacciones, a la calle cercana se le conocía como
Mercaderes, donde se situaron muchos negocios. En
esas sabrosas crónicas de Parra Márquez, que nos
hablan de una Caracas que ya no existe, hemos leído
que el señor Antonio Delfino, dueño de la posada El
León de Oro, instaló una sucursal de la misma en el
puerto de La Guaira y una línea de coches halados
por caballos, inaugurada en 1845, que salían de la
céntrica esquina de La Pedrera. Al respecto el
periodista y escritor Lucas Manzano refiere que eran
ocho las diligencias que salían de Caracas rumbo a
La Guaira, tiradas por cinco caballos cada una, con
paradas para comer algo y el descanso de las bestias,
en los sitios conocidos con los nombres de Curucutí
y Guaracarumbo. Para el año señalado al comienzo
de esta nota, Caracas era una pequeña ciudad de
estrechas calles, por donde transitaban coches
halados por caballos, por bestias de silla, carretas,
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arreos de mulos, mulas y burros y de viviendas con
techos de tejas.
El bucólico y aristocrático Antímano
Antímano constituyó, aunque usted no lo crea,
uno de los centros aristocrático de Caracas y el
lugar hacia donde se dirigían muchas familias a
disfrutar del excelente clima que ofrecía esa
bucólica comarca, quienes llegaban al lugar
utilizando coches halados por dos briosos y bien
cuidados caballos. Las notas elaboradas por
cronistas, historiadores y ensayistas, no dejaban de
manifestar que el sector se caracterizaba por poseer
excelentes vegas y haciendas de caña de azúcar.
Don Antonio Reyes, escritor de documentados
trabajos, nos dice que las tierras de Antímano eran
regadas por las cristalinas aguas del río que por allí
corría y poseedor de hermosas leyendas. Se sabe,
por todo lo que se ha divulgado al respecto, que en
Antímano se residenciaron caudillos, presidentes,
jefes militares, ministros, intelectuales, políticos.
Por la angosta geografía de Antímano pasearon sus
figuras Antonio Guzmán Blanco, Ignacio Andrade,
Rojas Paúl, Andueza Palacios, Antonio Matos, Juan
Francisco Castillo, entre otros destacados
venezolanos que vivieron durante el siglo XIX.
Antonio Guzmán Blanco, conocido como El
Ilustre Americano, siendo presidente, le tomó
especial cariño a la villa de Antímano, construyendo
allí una especie de palacete de pulida madera, de un
solo piso, con confortables corredores y parques
que, cuando se ofrecían recepciones, eran
iluminados con gas y lámparas chinas, hasta donde
se trasladaban sus colaboradores, familiares, la
crema caraqueña, los adulantes, comerciantes,
banqueros y financistas. Esa bella mansión la
ocupaba Antonio Guzmán Blanco durante varios
meses al año, mientras se encontrara en Venezuela,
porque lo de él, era mantenerse en París y dejar en
la silla presidencial a los que seguían al pie de la
letra sus órdenes emanadas desde la Ciudad Luz,
como es conocida históricamente París. En esa
mansión ofrecía fiestas principescas, disponiendo
de vagones del ferrocarril para que se trasladaran sus
invitados. Por cierto, Antímano, al lado de Los
Teques y sus parques Los Coquitos y El Encanto,
así como Sabana Grande, Los Chorros y Macuto,
constituía uno de los sitios ideales para la recreación
de chicos y grandes. Ir a uno de esos lugares se tenía
como todo un acontecimiento para la época.
Antonio Guzmán Blanco quiso, mientras se
mantuvo como gobernante, convertir a Caracas,
dice el musicólogo José Antonio Calcaño, en una
pequeña París. En aquella Caracas guzmancista, a
lo reseña en sus trabajos el maestro Calcaño, a quien
tuve el honor de conocer y atender en la vieja sede
de la Biblioteca Nacional, eran muy conocidos y
populares los barberos Laureano Betance y Pedro
Pablo Mosquera, que tenían sus barberías de Jesuita
a Tienda Honda y frente a la Plaza Bolívar. Los
caraqueños estaban atentos para escuchar a Ángel
Real, quien tenía la misión de pregonar los bandos y
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las informaciones gubernamentales. El historiador
de la música, José Antonio Calcaño, guía en esta
parte de nuestro escrito, de una dilatada actuación
en los dominios de la cultura nacional, conocido por
su obra dentro y fuera del país, en su visión sobre la
Caracas de los años de gobierno de Antonio
Guzmán Blanco, caudillo ilustrado, nos dice del
papel que jugaron en Caracas, ello por el trabajo que
realizaban, el albañil Marcos Quintero, Bonifacio
Saavedra, como repartidor de pan, Alejandro Sojo,
sastre de vivo ingenio, quien llegó a interpretar, por
poseer buena voz de bajo, composiciones en iglesias
y participar en teatros.
Para los años del septenio guzmancista, en
Caracas montó una librería, traza José Antonio
Calcaño, Don Emeterio Hernández, establecimiento
que para hacerle publicidad, su propietario colocó
hacia la calle, la figura de un orangután, que con
gafas y todo, se dedicaba a leer seriamente un libro.
Asimismo no olvida el autor de la obra “La Ciudad
y su Música” y quien fuera director de la Orquesta
Sinfónica Venezuela y de la Coral Creole, que el
señor Emeterio Hernández creó en su librería el
magnífico servicio de Biblioteca Circulante, ya que
por la suma de un fuerte, léase cinco bolívares
mensuales, él alquilaba los libros que sus clientes
querían leer en sus hogares. En aquellos años,
recuerda el maestro y académico José Antonio
Calcaño, el sastre cubano Emilio Torres, inspirado
en las camisas que usaba Garibaldi, creó el
liquiliqui, traje muy popular en nuestro país, usado,
cuando los pueblos celebraban rumbosas fiestas, por
los coleadores. En aquellos lejanos años los
hombres distinguidos llevaban sombreros de copa,
levita, pantalones de dril blanco, chaleco, vistosa
cadena de reloj, corbata de lazo, duro cuello alto.
El profesor José Antonio Calcaño, quien
también es autor de la documentada investigación
400 años de Música Caraqueña, plasma en uno sus
ensayos y divulgado en sus conferencias por
televisión, que uno de los medios para divertirse en
aquellos años lo constituían las reuniones
familiares, donde no faltaban las veladas musicales
e indicando que las más famosas de estas reuniones
se realizaban en la residencia de Antonio Mosquera,
conocido violinista; en la del Dr. Eduardo Calcaño,
compositor y ejecutante de violín y trompeta; en la
casa de Don Manuel Larrazábal, compositor y
organista. Al finalizar cada reunión, los asistentes,
después de oír a los ejecutantes, comentaban y
fijaban criterios acerca de lo sucedido en la velada
artística.
Cronista plástico de Caracas
El destacado escritor Mario Briceño Iragorry,
realizó una interesante descripción de todo lo que
había creado el escultor Raúl Santana, bautizado por
él como El Cronista Plástico de Caracas, quien
mantenía en su residencia, conocida como quinta
Las Peñas en Los Palos Grande, un espectacular
museo que ocupaba más de tres salas de la quinta
antes nombrada, obras que luego fueron trasladadas
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a la sede del Concejo Municipal de Caracas,
bautizando el espacio donde lo colocaron como
Museo Raúl Santana. El artista, como lo señala
Mario Briceño Iragorry, sin ruido, en medio del
silencio que reclama este tipo de trabajo, había
logrado reproducir en pequeñas figuras de diverso
material o en apropiados dibujos, típicos valores
costumbristas y viejos usos de nuestra capital. En
ese mundo de figuras, dice el historiador ya citado,
que le dan vida al Museo Raúl Santana, se observan
la vieja cocina de campana para recoger el humo de
la leña o el carbón; el hueso de sazonar, que se
prestaba a los vecinos; la piedra de moler; la bolsa
de liencillo para colar el café; el viejo candil, entre
muchos otros detalles.
En su descripción del museo que va
mostrando aspectos de una Caracas que desde hace
año se marchó, Don Mario Briceño Iragorry, nos da
información acerca del orden de las comidas y
golosinas de antiguas confecciones caseras, tales
como tequiches, torrejas, bollitos de cambures,
buñuelos, palomitas de azúcar, rosquitas isleñas, las
quesadillas de las Cedeños, los piononos, los gofios
rellenos, los cambures pasados, la torta bejarana. No
falta la pintura que traza Don Mario Briceño, acerca
del moblaje de la casa a base de silla de cuero crudo,
mesas de carretos, tinajero labrado, aguamanil de
tres patas, cortina de lágrimas de San Pedro. En lo
creado por Raúl Santana, dice nuestro informante,
están presentes “las chinelas endemoniadas” que el
zapatero Ubaldo Pino fabricó en 1712 para una
monja, que, al calzarlas, se vio obligada, con gran
escándalo de la comunidad, a tomar la puerta de la
calle y dedicarse de nuevo al mundo frívolo y
alegre. El zapatero era travieso y al decir de la
leyenda tenía tratos con el demonio. Sigue, relata
Don Mario, Juan Alonso de la Cruz, brujo criollo,
autorizado en 1721 para ejercer públicamente sus
secretos y “misterios”, cuestión esta que le otorgan
ya que había curado a un deudo de Don Antonio
José Álvarez Abreu, Marqués de la Regalía,
gobernador Interino de la Provincia.
En el quehacer de Raúl Santana, dice Mario
Briceño Iragorry, está “el mundo de la vieja calle
caraqueña representado por el antiguo farol de gas;
por el arbolito de fuego con el retrato de Guzmán
Blanco; por el vendedor de “raspado”, por el frutero,
con su carreta llena de variada verdura; por el
amolador; por el “musiú” del “pianito”. No falta la
estampa de Natividad el chocolatero,
permanentemente acompañado de sus perritos
“Papito” y “Mamita”. Entre los tipos populares
están “Cara é Gallina"; “Ropasanta”; Cara é Piedra,
Ño Morián, sereno de la ciudad en tiempos del
general Soublette; “Chivo Negro”, “Nuestra Señora
de las Batatas”, el Duque de Roca Negra, “Fides” y
Trompa”, disparatado torero y de donde nos viene la
sentencia “tirarse como el Trompa, que significa
hacer algo sin mirar el riesgo. A través de las obras
confeccionadas por Raúl Santana, exhibidas al
público en los espacios del Concejo Municipal de
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Caracas, se muestra lo que en un momento de su
historia mantuvo en su seno la urbe caraqueña.
Mario Briceño Iragorry, autor del ensayo
sobre el Raúl Santana, trabajo que nos ha servido
de guía en la elaboración de esta nota y a quien él
califica como el Cronista Plástico de Caracas, nació
en Trujillo el año de 1897 y fallece en Caracas en
1958, dejando en su paso vital, una densa obra como
ensayista, novelista, cronista, historiador, biógrafo,
diplomático, orador, educador, político,
parlamentario. De su pluma salieron obras como El
Regente Heredia, Casa de León y su Tiempo,
Mensaje sin Destino, Alegría de la Tierra, El
Caballo de Ledesma, Tapices de Historia Patria, Los
Riberas, Lecturas Venezolanas, entre otras, todas
claves en el proceso político, social, histórico de
nuestro país.
En 1948 Mario Briceño Iragorry recibe el
Premio Nacional de Literatura. Al regresar de su
exilio en 1958, año de su muerte, quien redactó esta
página, tuvo la oportunidad conversar con él en las
sedes de la Biblioteca Nacional y de la Academia de
la Historia, donde sus sabias palabras nos guiaron
en la búsqueda de informaciones históricas,
literarias y políticas y también tuve la congruencia
de visitar varias veces el Museo Raúl Santana. Lo
que no es si se conserva y si se mantiene en el
mismo sitio (JMS/HZO).
Historia Menuda XXVIII
Andrés Eloy Blanco… también actor
Al meternos en las páginas de las biografías
escritas sobre Andrés Eloy Blanco, nos encontramos
que para el año de 1915, el poeta era alumno de la
Escuela de Actuación y Declamación, recibiendo las
sabias orientaciones del notable pedagogo
Guillermo Fernández de Arcila, teniendo como
compañera de aula a Anna Julia Rojas, quien con el
correr del tiempo se convertirá en una magnífica
actriz. Como alumno del maestro Guillermo
Fernández de Arcila, Andrés Eloy actuó en el Teatro
Municipal, en las obras Hechizo de Amor, de
Martínez Sierra y en La Pena, de los Hermanos
Álvarez Quintero, donde tuvo como acompañantes
a María Isabel Witzke, Anna Julia Rojas y Pedro
Centeno Vallenilla. También el público tuvo la
oportunidad de ver a Andrés Eloy en el drama La
cena de los Cardenales, del dramaturgo portugués
Julio Dantas, donde personificó al cardenal
Montmorency y las actuaciones del poeta
Villaespesa, como el cardenal Rufo; Emiliano
Ramírez Ángel, cardenal Gonzaga. En el elenco
también figuraron los poetas Guillermo Austria,
Jacinto Fombona y Francisco Caballero Mejías.
En el año de 1917, en los jardines de la
residencia de la familia Zuloaga, situada en la
moderna urbanización El Paraíso, Andrés Eloy
Blanco escenificó, de manera íntima conocidas
piezas teatrales, entre ellas El Cristo de las Violetas,
acompañado de Elisa Elvira Zuloaga y en 1926 sube
a las tablas para presentarse en el sainete en verso
Alfil toma Dama, obra de su autoría. Al lado de todo
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lo que significara el teatro, donde se desempeñó con
tino Andrés Eloy, mantuvo una gran afición por el
beisbol y por toreo. Cuando a Caracas llegaron los
campeones mundiales de beisbol amateur,
competencia que se celebró en La Habana, Cuba, en
1941, y donde Venezuela se tituló campeón, Andrés
Eloy pronunció, en el Estadio Nacional, un emotivo
discurso de bienvenida y, al morir trágicamente José
Pérez Colmenares, Andrés Eloy será el encargado
de pronunciar las sentidas palabras de despedida
del popular jugador en su viaje a la eternidad.
Demostrando, en ambas intervenciones, los
conocimientos que poseía sobre ese deporte.
Recordemos que el poeta, humorista,
parlamentario, orador, escritor, diplomático,
político, autor del Himno de los Estudiantes, con
música del maestro Juan Bautista Plaza y
galardonado con el Premio de la Academia
Española, por su poema Canto a España,
composición que su autor le recitó a los reyes de
España Alfonso XIII y Victoria Eugenia, en el
terreno del beisbol lo encontramos jugando con
Samanes B.B.C., adversario del Independencia,
novenas que inauguraron un estadio por los lados de
El Paraíso, cerca de la quinta Las Acacias de la
familia Boulton. Entre los compañeros de equipo de
Andrés Eloy, se encontraban Carlos Lanfant, Mauro
Tovar, Eduardo y Gustavo Machado, José Loreto
Arismendi, Raimundo Schlageter, Edgar Anzola,
Nicomedes Zuloaga, entre otros.
En el terreno de la tauromaquia, Andrés Eloy
admiró, entre otras figuras del toreo, al diestro
venezolano Eleazar Sananes, mejor conocido por la
afición venezolana como Rubito, quien logró
grandes triunfos, no solo en Venezuela, sino en
España y en cosos de otros países de América
Latina. Al lado de otro diestro, Julio Mendoza, se
dividieron la afición venezolana. El historiador Don
Carlos Salas, en su investigación sobre la historia de
la fiesta brava en Caracas, nos ofrece interesantes
datos sobre los toreros ya nombrados y también de
las grandes corridas montadas en el Circo
Metropolitano y en el Nuevo Circo de Carcas, donde
conocidos diestros dibujaron alegres faenas,
recibiendo como premios orejas, rabos y patas de los
ejemplares lidiados y salidas a hombros del coso por
una afición entusiasmada.
Los árboles emblemáticos de Venezuela
El eminente profesor Jesús Hoyo F.,
conocedor en profundidad de todo lo que encierra la
flora venezolana, se encargó de señalar los árboles
emblemáticos de cada una de las regiones de la
nación, iniciando su clasificación con el Araguaney,
árbol nacional, cuyo nombre aborigen, lengua
caribe es aravanei, pintado por el gran novelista
Rómulo Gallegos como “un incendio que llena de
áureos resplandores cuanto lo rodea”. El Araguaney
crece en sabanas, en tierras cálidas, cerros áridos.
Cuando no hay lluvia allí está imponente el
Araguaney. Siguiendo con las informaciones del
conocido científico Jesús Hoyo F., después del
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Araguaney vendrán otros árboles emblemáticos
como el Cereipo, en Anzoátegui; el Samán, en
Aragua; el Merecure, en Apure; el Cedro, en
Barinas; el Camaruco, Carabobo; el Apamate,
Cojedes; el Cují-Yaque, Falcón; la Palma Llanera,
Guárico; el Semeruco, Lara; el Bucare Ceibo,
Mérida; el Roso Blanco, Miranda; la Palma
Moriche, Monagas; Guayacán, Nueva Esparta; la
Caoba, Portuguesa; el Roble, Sucre; el Pino Criollo
o Pino Laso, Táchira; el Bucare Anauco o Reinoso,
Trujillo; el Chaguaramo, Yaracuy; el Cocotero,
Zulia; el Caucho Hevea, Amazonas y el Mangle
Rojo, Amacuro.
Sobre el Roso Blanco o Rosa de Montaña
Blanca, árbol emblemático del Estado Miranda, el
maestro Hoyo nos informa que es un bellísimo árbol
típico de la región de Barlovento y valles del Tuy
del Estado Miranda, indicando que el mismo crece
en los bosques húmedos y cálidos del norte del país.
También nos dice el profesor Hoyo, que las
primeras y tiernas hojas presentan color blanco y
penden al final de las ramas imprimiéndole al árbol
otra nota más de belleza y vistosidad. Este árbol
mirandino se propaga por semillas y presenta
crecimiento lento. Recomendable sería, tomar todo
lo que el estudioso Hoyo dice sobre el Roso Blanco
y distribuirlo en las escuelas e institutos de
educación media, públicos y privados, para que los
jóvenes estudiantes tengan una información cierta
sobre nuestro árbol emblemático y qué importancia
tiene dentro de nuestros bosques.
La Casona
El cronista Carlos Eduardo “Caremis” Misle,
estudioso de la historia, tradiciones, costumbres de
Caracas, ciudad donde nació y donde comenzó a
formar su histórica Corototeca, al divulgar datos
sobre el lugar donde se encuentra La Casona,
residencia de los presidentes de la nación, nos lleva
de la manos para decirnos que esa posesión con la
acogedora vivienda, le fue comprada a la señora
Elisa Elvira Ruiz Miranda de Brandt, heredándola
de su esposo Don Alfredo Brandt, quien le había
colocado a la mansión el nombre de La Casona,
residencia de hacienda, que en una oportunidad
también se conoció con el nombre de La Pastora,
llegándose hasta ella por el camino que conducía al
pueblo del Buen Jesús de Petare después de pasar
por los campos que se extendían desde Chacao a los
Dos Caminos. Se sabe, de acuerdo a crónicas
escritas por historiadores y ensayistas, entre ellos
Carlos Eduardo “Caremis” Misle, que muchas
familias iban a temperar, otros salían a hacer
excursiones hacia Las Delicias, La Campiña, Bello
Monte, Sans Souci, La Alcabala de Chacaíto, Mata
de Coco, momentos que aprovechaban para
acercarse a Los Chorros y bañarse en los pozos allí
existentes o cumplir con un paseo en tren por Agua
de Maíz y Los Dos Caminos.
La Casona fue declarada residencia
presidencial durante la administración del Dr. Raúl
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Leoni, ya que durante la vida republicana y hasta ese
momento el país no tenía una casa donde viviera el
presidente y su familia. Es oportuno señalar que el
general José Antonio Páez, héroe de Carabobo y
creador de la República de Venezuela, al separarse
nuestro país de la Gran Colombia, vivió en La
Viñeta; José María Vargas tenía como residencia
una modesta casa cerca de la esquina de Camejo;
Carlos Soublette, vivió en su casa situada entre
Pelota y Punceres; José Tadeo Monagas, tenía su
habitación en la Plaza de San Pablo; Antonio
Guzmán Blanco, vivía, mientras se encontraba en
Venezuela, cerca de Carmelita y en Antímano;
Joaquín Crespo, habitó una hermosa construcción
conocida como Santa Inés; Andueza Palacio, tenía
su casa en la esquina de Jesuitas; Linares Alcántara
y Rojas Paúl, se residenciaron en la Casa Amarilla;
Cipriano Castro, en una amplia quinta conocida
como Villa Zoila, bautizada así en honor a su esposa
Zoila de Castro; Juan Vicente Gómez, se estableció
en Maracay y desde allí, utilizando presidentes
títeres, gobernó a Venezuela por espacio de 27 años;
Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita,
se instalaron en cómodas viviendas por La
Quebradita; Rómulo Betancourt, vivió alquilado en
Los Núñez, en La Florida; Don Rómulo Gallegos,
habitó por los lados de Altamira; Carlos Delgado
Chalbaud, quien llegó a presidencia después de
participar en el golpe de estado que derrocó al
maestro Rómulo Gallegos, estuvo residenciado en el
Pedregal, cerca de Chapellín y el Country Club;
Marcos Pérez Jiménez, tuvo su quinta en la
urbanización El Paraíso.
Wolfang Larrazábal, quien llega al poder
después del derrocamiento de la dictadura de
Marcos Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958, tenía
su residencia en Santa Mónica; Edgar Sanabria,
ocupó la presidencia al renunciar Larrazábal, residía
en Bello Monte. El doctor Raúl Leoni, fue el primer
magistrado en ocupar La Casona y, al ser electos
Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera, Luis Herrera
Campins, dejaron sus residencias particulares para
ocupar La Casona, Jaime Lusinchi dejó La Casona
antes de terminar su mandato, en el gobierno
transitorio del historiador Ramón J. Velásquez,
siguió habitando su casa particular en Altamira y de
Hugo Chávez y Nicolás Maduro, a ciencia cierta,
desconozco si la habitaron o no.
Viaje en ferrocarril Caracas- Valencia
En la búsqueda de información sobre la
historia de los ferrocarriles en Venezuela, los
trabajos consultados, nos describen el recorrido de
los 160 kilómetros, a una velocidad de 20
kilómetros por hora, que hacía el ferrocarril que
partiendo de la estación de Caño Amarillo, llegaba
hasta la ciudad de Valencia, capital del estado
Carabobo, realizando sus respectivas paradas en las
estaciones Palo Grande, para luego enfilarse hacia
Antímano, donde los pasajeros, hombres, se bajaban
a tomar café, de aquí la locomotora se dirigía hacia
Los Teques y, al hacer su respectiva parada en la
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acogedora estación tequeña, cerca del parque Los
Coquitos, bautizado luego con el nombre de
Gustavo Knoop, su creador, los viajeros compraban
queso de mano fresco, pan de horno, arepitas,
tostadas, pan, frutas, cerveza, licores, chicha, carato,
tortas y una gran variedad de granjerías que
elaboraban conocidas familias de la localidad, al
lado de visitar el bien surtido cafetín. Esta estación,
la de Los Teques, con acogedores corredores, era
sitio ideal, así lo confirma el historiador Ildefonso
Leal, para encuentros, despedidas, tertulias y muy
concurrida, dado que muchas familias se
trasladaban hacia el lugar para disfrutar del
agradable y excelente clima, no olvidar que a Los
Teques, antes y después de ser elevada a capital del
estado Miranda, se le conocía como la Suiza de
Venezuela. Por cierto, los días domingos, cuando
los pasajeros se bajaban del tren, eran recibidos con
composiciones musicales interpretadas por los
miembros de la Banda de Conciertos del Estado,
institución que tuvo entre sus directores a los
maestros Adelo Alemán y a Teófilo León. En
muchas oportunidades, en la espaciosa estación de
Los Teques, se encontraban, entablando interesante
tertulias, figuras como Rómulo Gallegos, Julio
Rosales, Fernando Paz Castillo, Francisco “Job
Pim” Pimentel, Leoncio “Leo” Martínez, Pedro
Emilio Coll, Díaz Rodríguez, Arriaza Calatraba.
Después de la parada en Los Teques, el tren se
dirigía en la búsqueda de Las Mostazas, lugar donde
se vendían, así se lee en algunas crónicas, unas
fabulosas empanadas de gallina. Después vendrán
Las Tejerías, entrada a los fértiles valles de Aragua,
allí se vendían frutas, dulces criollos, cochino
horneado.
En el pueblo de La Victoria, donde el bravo
José Félix Ribas, al lado de una gruesa legión de
jóvenes, derrotó al ejército realista, el tren cumplía
una parada de media hora, dado que se debían
cambiar las locomotoras. En este sitio era muy
visitado el célebre restaurante La Estación, donde
por cinco bolívares, una cifra para la época bastante
elevada, a los pasajeros del tren le servían
mondongo, cochino horneado, plátano frito, arroz
blanco, caraotas negras, carne mechada con papas,
ensalada, dulce, café y otras menudencias. De La
Victoria se seguía a La Cabrera, situada a orillas del
lago de Valencia. Se nos escapaba decirles que en
San Joaquín se adquirían las conocidas panelas, diez
por solo medio real. Ya en Valencia, urbe donde
vivió el general José Antonio Páez, la primera
parada se cumplía en San Blás y desde aquí se
seguía a la de Camoruco, donde se efectuaba el
traslado de los que se dirigían a Puerto Cabello.
Famosos golfeados
Los primeros golfeados saboreados por quien
escribe los fabricaba en mi pueblo, Araira, antigua
Colonia Bolívar, del Municipio Autónomo Zamora,
Guatire, el panadero Nicanor Blanco, quien poseía
su establecimiento en la calle real del pueblo, desde
donde partía, ciertos días de la semana, conduciendo
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dos nobles mulas, con dos cerones (barriles de
madera), uno de cada lado de las enjalmas, a repartir
panes y dulces hacia las zonas rurales y caseríos
vecinos. Ya estando en Guatire, no dejé de adquirir
los golfeados que elaboraba Enrique Moreno, al
lado de su esposa Teresa, en su negocio instalado en
la calle 9 de diciembre, en una casa propiedad de
José “Pepe” Dorta, hermano de mi padre Eleuterio
Dorta. Siguiendo por los senderos de los golfeados,
en Guatire también fueron muy solicitados los que
salían de los hornos del negocio de Humberto
Rosas. Asimismo tuve oportunidad de adquirirlos
en Los Dos Caminos, en El Junquito y Los Teques,
donde los servían acompañados de queso de mano.
Los de Araira y Guatire, los mojaba, todas las tardes
en café, chocolate y guarapo. El tradicional
vendedor de granjerías, cuando en su amplia cesta
llevaba golfeados, al lado de conservas, majaretes,
tunjas, roscas, melcochas, tortas burreras,
polvorosas, pregonaba:
¡--llevo los sabrosos golfiaos!-
Se ha dicho, lo que hemos leído en algunos
reportajes, como el de Eleana Matos, publicado en
El Nacional del 18 de agosto de 2013, que los
golfeados nacieron en Petare, en una panadería
identificada con el nombre de La Central, propiedad
de los hermanos Duarte, que estuvo situada en la
plaza La Libertad, calle Comercio, donde hoy se
encuentra la concurrida Redoma de Petare, lugar por
donde pasaba el tren que se dirigía a los valles del
Tuy, concretamente a Santa Lucía, con parada en
Petare, aprovechados esos instantes por los
pasajeros, para comprar una buena cantidad de
golfeados. Si la memoria no me falla, en el reportaje
antes señalado, leímos unas declaraciones del
panadero Frank Suárez, quien decía que la receta de
cómo se elaboraban los golfeados en Petare, llegó
hasta las panaderías de Los Dos Caminos (La
Amistad), El Junquito y Los Teques. Por cierto, de
ello hace ya muchos años, los que debían trasladarse
de Petare a Los Teques, después de adquirir sus
respectivos golfeados, tomaban los autobuses en la
Plaza La Libertad, allí en Petare. Se me escapa
recordarles que el queso de mano que se le monta al
golfeado, los degustadores también de otros
sabores, lo colocan sobre las cachapas de budare, de
hoja y dentro de las arepas (JMS/HZO).
Historia Menuda XXIX
Excelente lanzando y bateando
Vidal López, quien se destacó como lanzador
y bateador nació en la villa de Río Chico, conocida,
cuando por allí pasaba el tren de Carenero como la
Petit Caracas. Vidal, con el correr de los años se
convirtió en uno de los más grandes exponentes del
beisbol venezolano, desempeñándose como pitcher
y cuarto bate. Siendo niño se traslada, al lado de sus
padres, a Caracas, donde estudia y trabaja. Cuando
corría el año de 1935, Vidal López, conocido como
El Muchachote de Barlovento y Gandola, se ata al
beisbol organizado. Los encuentros infantiles los
realizó cuando militaba en las novenas Lucky
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Strike, Valdespino, Los Cojos y Atlético Unión. Su
nombre brilló como integrante del Concordia,
Central, Royal, Deportivo Caracas. En
Barquisimeto, la ciudad de los crepúsculos,
protegida por la Divina Pastora y donde la música
juega papel de primer orden, Vidal López aparece
como ficha del Ayarí, América y Japón. En
Maracaibo vistió el uniforme de Gavilanes y en
Caracas perteneció al Vargas, Cervecería y
Magallanes.
Por existir una suspensión en Venezuela
contra él, Vidal López viaja a Puerto Rico, donde
pasa a formar parte de los equipos Santurce y
Caguas. Su nombre también figuró en Cienfuegos
de Cuba y Monterrey de México. Al recibir la
noticia que la suspensión que pesaba sobre él ya no
existía, se le verá vistiendo el uniforme del
Magallanes. Vidal López logró, con sus potentes
lanzamientos propinar dos No Hit No Run, record
dentro del beisbol criollo, uno al Santa Marta y otro
al Vargas. Este magnífico jugador de beisbol y
ejemplar ciudadano, después de cumplir una
admirable carrera, dentro y fuera del país como
pitcher y bateador, va a morir el 20 de febrero de
1972. Esta breve nota, homenaje al Muchachote de
Barlovento, como cariñosamente llamaban a Vidal
López, se hizo presente, después volver sobre las
páginas de la novela Campeones, escrita por
Guillermo Meneses, considerada por la crítica como
la única obra que tiene como tema el deporte en
Venezuela. Esta destacada figura de la
intelectualidad nacional, quien como estudiante
universitario en 1928, estuvo entre los jóvenes
enviados a Las Colonias, Araira, en calidad de preso
por la dictadura de Juan Vicente Gómez, es autor de
otras obras como La Mano Junto al Muro, El Falso
Cuaderno de Narciso Espejo, Canción de Negros,
La Balandra Isabel Llegó esta Tarde, El Mestizo
José Vargas, La Misa de Arlequín, entre otras. Es
importante señalar que Guillermo Meneses también
se destacó como ensayista, cuentista, novelista,
crítico literario, periodista. Ocupó el cargo de
Cronista de la Ciudad de Caracas. Su firma aparece
como colaborador de prestigiosos en medios de
comunicación escritos como Elite, Ahora, El
Nacional, de la revista CAL y de Sábado de Bogotá.
Rechazó una invitación del Presidente Betancourt
Al presidente Rómulo Betancourt, hijo de la
población de Guatire, villa donde nació el 22 de
febrero de 1908, cuando asciende al poder Juan
Vicente Gómez después de derrocar a su compadre
Cipriano Castro, no le agradaba usar pumpá, siendo
sus cosas claves, la pipa, el sombrero y las
guayaberas. Mantenía una gran afición por el cine,
su residencia de Altamira poseía una sala donde se
proyectaban sus cintas preferidas. Degustaba unas
buenas hallacas y su fiesta preferida eran la
navidades. Le agradaba usar en sus intervenciones
públicas extrañas palabras, las cuales al ser
escuchadas inmediatamente los oyentes consultaban
el diccionario correspondiente o solicitaban
información a veteranos filólogos. Recordemos que
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el eminente lingüista Ángel Rosenblat, en su libro
Buenas y Malas Palabras, le dedicó un espacio
especial al léxico del presidente. Betancourt
mantuvo una gran afición por el futbol, deporte que
llegó a practicar en Guatire y en Caracas por los
lados de Sarría y también por el beisbol, siendo uno
de sus equipos preferidos, en Guatire, el Pacairigua
y en Caracas el Royal Criollos, según Yanesito.
En el espacio de las comidas, Rómulo
Betancourt, así lo dicen sus amigos y lo ha
divulgado en algunas entrevistas, sentía
predilección por las caraotas, por la carne mechada,
los huevos, las arepas, las hallacas, queso de año,
morcilla, chorizos de Río Caribe, hervidos de
pescado y de gallina, mondongo, entre otros platos
de la mesa criolla. Se dice que en una oportunidad
el Maestro Vicente Emilio Sojo, también hijo de
Guatire, recibió una llamada telefónica de su
paisano y amigo Rómulo Betancourt, quien lo
invitaba a desayunar en Los Núñez, casa alquilada
donde vivía el presidente, ofrecimiento que el ilustre
músico, fundador del Orfeón Lamas y de la
Orquesta Sinfónica Venezuela y conductor de una
brillante legión de músicos formada bajo su batuta,
rechazó, argumentando que su estómago no estaba
preparado para recibir fuertes condumios, como los
preferidos de Betancourt. La anécdota en cuestión la
narra José Manuel Castillo en su escrito Perfil
Biográfico de Vicente Emilio Sojo, y la misma dice
que encontrándose Vicente Emilio Sojo en la casa
de su hijo Efrén y de su esposa Ángela, quien toma
el teléfono cuando este repica, trasmitiéndole al
Maestro que desde Los Núñez lo llamaba el
presidente Rómulo Betancourt. El Maestro toma el
auricular y al parecer, dice el autor citado, Rómulo
lo estaba invitando a desayunar, a lo que en tono
familiar y al mismo tiempo de jocoso reproche, le
responde: --Mira Rómulo, ni a balazos desayuno
yo contigo!...Mi estómago está vuelto un miriñaque
y comes muchas cosas peligrosas, como
chicharrón, morcilla, refritas y otras
exquisiteces…”.
La población de Ortiz le sirvió de inspiración
Una de las primeras obras escrita por Miguel
Otero Silva, fundador de el Morrocoy Azul y del
diario El Nacional, fue Casas Muertas, inspirándose
para hacerla realidad en una situación dramática
vivida en la población de Ortiz, bautizada como La
Flor de los Llanos, situada en el Estado Guárico,
cuando es azotada por una epidemia que se llevó al
cementerio a casi todos sus habitantes. Ortiz fue
capital de Guárico cuando corría el año de 1874.
Población colonial que se irá proyectando a partir de
los años 1653 y 1660, alcanzando la categoría de
Parroquia Eclesiástica, bautizada como Santa Rosa
de Lima y situada cerca del río Paya.
Se cree que su nombre se debe a un cacique al
que los españoles llamaban Ortiz. El historiador
Fernando Bosch llamó a Ortiz “Ciudad Fénix”, ello
por haber sobrevivido a la Guerra Federal. Las
contiendas intestinas, el paludismo, enfermedad tan
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mortal como el vómito negro, contribuyeron al
éxodo de sus habitantes y cuando corría el año de
1918, se hizo presente la peste española, la cual
terminó de fulminar a los pocos habitantes que
quedaban en el pueblo, convirtiéndola en una villa
fantasmal, situación, como ya lo hemos señalado,
inspiró al poeta, novelista, cuentista, humorista y
periodista Miguel Otero Silva para redactar su
novela Casas Muertas. Ortiz se había convertido en
eso, en una comunidad donde reinaba la soledad y
dentro de sus casas reinaba el silencio. La epidemia
se había llevado en los cachos hasta al sepulturero y
sus ayudantes.
El Estado Guárico también tuvo como su
capital, a la urbe de Calabozo, donde se
desempeñaron como maestros de capilla dos hijos
de Guatire, Gregorio Ascanio, quien fue maestro del
conocido compositor Antonio Estévez, autor entre
otras obras de la Cantata Criolla y Régulo Rico, hijo.
La comunidad de Calabozo está considerada como
un rico espacio donde se obtiene leche, queso,
cueros, entre otros renglones de la actividad
agropecuaria. El casco histórico de Calabozo fue
elevado, en 1979, a la condición de Monumento
Nacional. Al efectuar una visita a la ciudad, no se
puede dejar a un lado del camino su Catedral, la
iglesia de Las Mercedes, la Casa de la Cultura
Francisco Lazo Martí, la casa de los obispos y los
Espinoza, la casa donde el realista José Tomás
Boves mantuvo una pulpería y la Plaza Páez.
Calabozo, fue eliminada como capital por una
decisión del dictador Juan Vicente Gómez,
trasladándose la misma, a San Juan de Los Morros,
permanece unido, tal como lo señalan los cronistas,
a la figura de Juan Parao, personaje de la novela
Cantaclaro de Rómulo Gallegos y a la de Celestino
Álvarez, tercer Obispo de la ciudad.
En San Juan de Los Morros, actual capital del
Estado Guárico, se alzan los majestuosos morros,
vigilada por la monumental figura de San Juan y
donde se pueden visitar sus aguas termales,
recomendadas para aliviar algunos males. En la
geografía guariqueña se encuentran los Esteros de
Camaguán, mientras que en la localidad de La
Negra se consigue el mejor casabe y las simpar
naiboas.
Un gustazo al paladar
En Guatire, de acuerdo a conversaciones
familiares, donde se trataban muchos temas, no
faltaba el de las granjerías que preparaban conocidas
personas residenciadas en la población, entre ellas
mi bisabuela Bartola Guzmán y mis tías Justa y
Ciriaquita Guzmán, ambas especializadas en todo
lo relacionado con las conservas de naranja agria o
cajera y también de un delicioso “arrebato”
elaborado con naranjas y las famosas e imperdibles
conservas de cidra, entre otras delicias al paladar.
Por cierto la tía Justa, excelente bailadora de
tambores el día de San Juan, mantuvo predilección
por sacar de la cocina unos almidoncitos conocidos
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como gustosos negros y gustosos blancos. Mi
madre, Clemencia Sánchez, llegó a dominar la
receta para hacer realidad el histórico “arrebatao”
En esas tertulias, escenificadas durante las primeras
horas de la noche, iban apareciendo, especie de
repartos de películas, nombres como Leopoldo y
Carmelita Rivas, quienes de granjerías sabían de
todo; Nicolasa Blanco, diestra en la confección de
polvorosas, suspiros, almidoncitos; Segundo
Hernández, quien en su modesta panadería ofrecía
suspiros a tres por locha; Ana Teresa y Petra Acuña,
consideradas maestras en la elaboración del rico pan
de horno; Juan María Pereira, poeta y fundador del
semanario 3 de Mayo, en su panadería, de donde
salía un pan de calidad, también se especializó en la
obtención de pan de horno; la familia Pacheco,
residenciada en el Cerro de Piedra, calle Miranda,
entre las lecciones de la primeras letras de las
cartillas y lectura corrida en el Libro Mantilla, iban
moviendo con curtidas paletas de madera, el
contenido de los calderos que se montaba en los
fogones, de donde salían unos dulces de primera;
Baldomera Blanco de Mijares, dedicada a todo lo
relacionado con los suspiros; Belén Blanco, mejor
conocida como la señorita Belén, maestra de altos
quilates, mientras dictaba sus lecciones, de su fogón
salían unas incomparables melcochas, al lado de
unos refrescantes caratos.
El rico y sabroso mundo de olores y sabores,
seguía regándose por todo Guatire, gracias a
Isabelita Acuña y Carmelita Terán, con sus
solicitadas arepitas dulces abombadas y adornadas
con granitos de anís; Mercedes Berroterán de
Escalona, especializada en huecas; Braulio Istúriz,
quien con paciencia y sabiduría confeccionaba
papeloncitos, cachos de azúcar y conservas de cidra,
delicias que distribuía en el pueblo y en Caracas,
donde tenía clientes que impacientemente esperaban
esos dulces; Socorro Beltrán, al lado de sus
hermanas, le dejaba a sus clientes unas bien cortadas
conservas de leche; Marcelino Blanco, famoso por
sus acemitas y panes que repartía a lo largo de las
calles de Guatire, en una vieja bicicleta, vehículo
que por lo general no montaba, sino que la llevaba
siempre agarrado del manubrio; Pragedes, de su
casa salían unos inigualables almidoncitos y
papeloncitos; Natividad, residenciado en
Cantarrana, nadie lo igualaba en el majarete, el que
vendía a centavo el tolete; Julia Rondón, quien le
daba el punto a las conservas de coco, colocadas a
la venta en las pulperías de Guatire; la familia
Mijares, residenciada en Barrio Arriba, de donde
llegaban al pueblo besitos, melindres, pan de horno
y suspiros; Víctor Regalado, conocedor de los
secretos de la danza y la contradanza, conocimientos
que les entregó a jóvenes del Centro de Educación
Artística “Andrés Eloy Blanco”, en su casa
moldeaba papeloncitos y cortaba unos alfondoques
de primera; José Escalona, preparaba dulces
criollos, tortas, acemitas, burros; familia Unamo,
entre las calles Páez y Miranda, siempre se
dedicaron al pan de horno; Las Porto y María de
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Jesús Tachón, reconocidas en el dominio de hacer
excelentes conservas de cidra, ofrecidas por
vendedores, al lado de panes de las panaderías de
Antonio Revanales, Ángel Urrutia, Enrique Moreno
y Saturnino Urbina, a los pasajeros de los autobuses
de la línea El Amigo del Pueblo, que cubrían la ruta
Guatire, Guarenas, Petare, Caracas y Barlovento.
En esa larga lista del mundo de la granjerías
guatireñas, también marchaban, cumpliendo
destacadas actuaciones, Juana Acuña, Anita García
Guillén, Salvador González, Cecilia Cueva, Socorro
Beltrán, al lado de los que fabricaban papelón, tipo
cono, en las distintas haciendas que rodeaban el
valle de Santa Cruz de Pacairigua y Guatire, entre
ellos Luis Felipe García, Pedro Tomás “Quicá”
Istúriz, Hilario Muñoz, Amelio Díaz, Cipriano
Blanco. Años cuando la caña de azúcar cortada en
los tablones de las haciendas La Margarita, El
Ingenio, La Concepción, Santa Cruz, Bermúdez, El
Palmar, Vega Abajo, Vega Arriba, El Marqués, era
trasladada a los trapiches en carretas haladas por
lentas yuntas de bueyes, orientadas por curtidos
gañanes, diestros en la manipulación de las
garrochas.
El histórico Nuevo Circo de Caracas
Revisando páginas y más páginas de las obras
escritas por figuras del intelecto nacional como
Carlos Salas, Enrique Bernardo Núñez, Guillermo
José Schael, Carlos Eduardo “Caremis” Misle,
Graciela Schael y Guillermo Meneses, se nos dice
que el Nuevo Circo de Caracas fue construido en
1919 inaugurado el 26 de febrero de ese mismo
año. El levantamiento de esa histórica obra se debió
a la iniciativa del general Eduardo G. Mancera,
figura destacada del régimen gomecista, quien trajo
a Venezuela a la genial bailarina de ballet Anna
Pavlowa y la llevó a pasear a su hacienda Santa
Cruz, ubicada en Guatire. En la edificación del
Nuevo Circo participaron los ingenieros Alejandro
Chataing y Luis Muñoz Tébar. La primera corrida
de toro que se montó en el Nuevo Circo estuvo a
cargo de los diestros españoles Serafín “Torquito”
Vigiola y Alejandro “Alé” Salas. Antes de abrir sus
puertas el Nuevo Circo, las corridas de toros y otros
espectáculos, como la proyección de películas, se
cumplían en el llamado Circo Metropolitano,
situado cerca de Puerto Escondido, lugar donde
existió el cine Metropolitano. En el coso, del Nuevo
Circo, realizaron faenas y recibieron grandes
aplausos de la afición, diestros como Chicuelo,
Ignacio Sánchez Mejías, Fermín Muñoz, Manuel
Rodríguez Sánchez, Antonio Bienvenida, Juan
Belmonte, Rafael “El Gallo” Gómez, Carnicerito de
Málaga, Cayetano Ordoñez, Niño de la Palma,
Joaquín “Cagancho” Rodríguez, Domingo Ortega,
Domingo, Pepe y Luis Miguel Dominguín, Gitanillo
de Triana, Conchita Cintrón, Manuel “Manolete”
Rodríguez, Luis Procuna (mexicano), Paco Camino,
Antonio Ordoñez. A los toreros antes nombrados,
todos españoles, a excepción de Luis Procuna,
triunfadores en grandes tardes, de las llamadas de
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sangre y arena, con faenas monumentales y
estocadas fulminantes, se unen los nombres de
venezolanos como Eleazar “Rubito” Sananes, Julio
Mendoza, Vicente Mendoza, Luis Sánchez
“Diamante Negro” Olivares, Alí Gómez, César y
Curro Girón, entre muchos otros que grabaron sus
nombres en esa plaza caraqueña, gracias al dominio
con el estoque, el capote y la muleta. El
conocidísimo Billos Frómeta, enamorado
empedernido de esa Caracas que ya no es, compuso
un famoso pasodoble en honor al coso caraqueño,
que dice así:
Nuevo circo nuevo circo
viejo circo caraqueño
porque en el alma del pueblo
siempre es nuevo tu recuerdo
El coraje y la templanza
y el valor de tus toreros
el coraje y la templanza
y el valor de tus toreros
Nunca pierdo la esperanza
antes de que yo me vaya
de tocar un pasodoble
en el medio de tu plaza
Y gritar con toda el alma
nuevo circo de colores
y gritar con toda el alma
nuevo circo de colores
Ahi van Rubito y Serafin
Julio Mendoza y Saleri
van los Girones y el Gran Neri
van Bienvenida y Dominguin
Muchas veces yo he soñado
cuando todo esta en silencio
que me visto de torero
y me planto en tu ruedo
A cantar consoleares
coplas, fandangos y tientos
a cantar consoleares
coplas, fandangos y tientos
Porque Caracas me ha dicho
en el medio de mis sueños
eres el circo mas lindo
eres el circo mas bello
Y la gloria te mereces
porque tu eres caraqueño
y la gloria te mereces
porque tu eres caraqueño
Ahi van Rubito y Serafin
Julio Mendoza y Saleri
van los Girones y el Gran Neri
van Bienvenida y Dominguin
van los Girones y el Gran Neri
van Bienvenida y Dominguin
Se quitaba el dolor con papelón
Al ir al encuentro de las obras del intelectual
venezolano Alfredo Armas Alfonzo, narrador,
cuentista, novelista, autor, entre otros trabajos de
Los Lamederos del Diablo, Los Cielos de la Muerte,
El Osario de Dios, Otros Difuntos, Con el Corazón
en la Boca, nos encontramos con Carrao,
personajes popular quien se movió con destreza,
despertando la simpatía de toda la comunidad donde
vivió por los dominios del bajo Unare, lo retrata
fielmente con su pluma Armas Alfonzo, dejándonos
en las páginas donde figura, las salidas que aplicaba
para solicitar determinada ayuda, concretamente
comida. En el pueblo, el mismo donde nació el
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escritor, todos sabían que al llegar Carrao a una
pulpería, a una posada, a una panadería, a una
matanza, lo primero que hacía era pedir algo, lo que
lograba con salidas muy jocosa, como las que les
dejamos a continuación, de acuerdo al autor citado:
--¡Carrao! ¡Carrao!
--Qué tienes, Carrao?
--Un gran dolor, un gran dolor.
--A dónde, Carrao?
--En el talón
--¿Con qué se te quita, Carrao?
--Con papelón.
El pulpero, sin poder aguantar la risa, le
ordenaba al dependiente que le entregara a Carrao
un trozo de papelón, lo que era suficiente para que
Carrao se marchara lleno de felicidad. Armas
Alfonzo señala que Carrao tenía cara de “mono
asustado”, de inquietos movimientos de ojos, sin
alpargatas, con el coco raspado, cubriéndose con un
pantalón arrollado hasta la rodilla. Carrao pedía
limosnas, con su sonsonete idiota, dice Armas
Alfonzo, de mostrador en mostrador:
¡Carrao! ¡Carrao
--¿Qué tienes, Carrao?
--Un gran dolor, un gran dolor
--¿Adónde, Carrao?
--En la nariz
--¿Con qué se te quita, Carrao?
--Con maíz.
Cuando Carrao, inquieto personaje que nos
describe magistralmente Alfredo Armas Alfonzo, al
enterarse que en una casa habían beneficiado
cochino y, como él amaba entrañablemente las
morcillas, al llegar al lugar se abría con aquello de:
¡Carrao!, ¡Carrao!
--Qué tienes, Carrao?
--Un gran dolor, un gran dolor
--¿Adónde, Carrao?
--En la Canilla
--Con qué se te quita, Carrao
--Con morcilla.
Si a Carrao le entraban ganas de meterle
cuajada a una arepa o acompañar el casabe con ella,
entonces se dirigía al sitio donde él estaba seguro
que la cuajada no faltaba y, al estar frente al
expendio, dejaba escapar lo de:
--¡Carrao! ¡Carrao!
--¿Qué tienes, Carrao?
--Un gran dolor, un gran dolor
--¿Adónde, Carrao?
--En la quijada
--¿Con qué se te quita, Carrao?
--Con cuajada
(JMS/HZO).
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Semblanza de Jesús María Sánchez
Jesús María, nació el 14 de septiembre, en un sector
de Araira llamado vega redonda, aquí lo tenemos
hoy, abriendo camino para el aprendizaje, hurgando,
para que todos aprendamos, para que las nuevas
generaciones estudien y continúen con la
investigación.
Esta importante figura del Estado Miranda dedicó
gran parte de su vida a la investigación histórica,
gracias a su gran pasión por la lectura y su sentido
de la indagación al trabajar en la Biblioteca
Nacional de Venezuela.
A Jesús María Sánchez se le reconoce como el
historiador que rescató para la comunidad guatireña
el Decreto que honró a nuestro pueblo con el
merecido título de Villa Heroica, por atreverse el
pueblo a dar el primer grito de Federación, luego de
un arduo trabajo de investigación en la Hemeroteca
Nacional, hurgando en viejos periódicos publicados
entre 1862 y 1887, El Federalista, El
Porvenir, logro para la comunidad zamorana dejar
constancia para la historia, de tan importante acto de
rebelión que pueblo alguno haya dado en su
momento.
El pasado 4 de mayo de 2019, se enmarca como un
día de gran valor cultural, para Venezuela, el estado
Miranda, Guarenas y especialmente para toda la
población de Guatire, en esta fecha el Profesor Jesús
María Sánchez y su esposa hicieron entrega del
legado histórico de 1780 artículos publicados en
diferentes medios impresos y que fueron copilados
en bellos tomos, encuadernado y entregado en la
Biblioteca, Don Luis y Misia Virginia, recibido por
la encargada de la Biblioteca Sra. Rosario Colina.
El profesor Jesús María Sánchez, nos deja su legado,
para la investigación, para que nuestras raíces e
identidad nunca se pierda.
Citado por: Momentos de mi pueblo (2023).
Momentos de personaje. Jesús María
Sánchez. “Como estas pasando el día”, saludo
contagioso de nuestro personaje.